…inadvertencias…   Leave a comment

-Te estoy esperando- dijo la voz al otro lado del teléfono, como una afirmación obvia, como si fuera un reclamo.

Me desplacé cerca de una cuadra en medio de luces y cientos de promociones navideñas por el pasillo comercial hasta que encontré la esquina que habíamos acordado, era un punto estratégico, luminoso y atiborrado de gente.

Lo primero que hice al llegar fue ojear rápidamente a todo el que se encontraba cerca, personas esperando que el semáforo cambiara de luz o que quizá como ella esperaban a alguien, habrían cerca de treinta personajes y entre los que se encontraban en el límite entre la acera y el asfalto creí reconocerla, era más alta de lo que entendía y el día parecía no haberle ido muy bien, dándome la espalda tenía una expresión molesta, las manos en la cintura y la espalda vejada.

Me acerqué entonces –que le vamos a hacer, en el mundo estamos- con sorpresa descubrí que no era, tenía un rostro moreno y algo viejo, definitivamente no. Cerca de las vitrinas había otra posible candidata, esta vez sí me daba el rostro pero su agravante era un hombre joven que le rodeaba la cintura por el frente: alto y de aspecto agresivo, como exhibiéndola –¡ah!, lo que faltaba, es la venganza por lo malo que he sido, vino a exhibirse con su novio delante mío- no quise acercarme, caminé presuroso y crucé la calle, sabía que venían detrás mío así que decidí voltear y encararlos, sí, eran pareja, jóvenes y altivos pero ella no encajaba en mi descripción de mi ella.

Finalmente decidí marcharme, no obstante en el camino algo me hizo voltear, como la sensación de haber extraviado un objeto, quizás un papel. Y ahí estaba, frente a una vitrina luminosa y cara que contenía las últimas ediciones de algunos libros viejos un poco toscos que ya casi nadie lee.

Decir que pasó después no es de la incumbencia del lector, basta con contar que fue un saludo algo tímido (de mi parte, claro) y un decidir presuroso que nos llevó a un café cercano; entonces al ritmo de algunos grupos reconocidos, de su hermosa sonrisa y de esos radiantes y soleados ojos verdes emprendimos una alongada conversación que nos llevó a debatir y a blasfemar, lo hicimos de Jesucristo, de política y de las ultimas invenciones revolucionarias.

La que tal vez pueda considerar cita más extraña de mi vida terminó con un atraco del que me hice cómplice; bajaba yo el puente rumbo a mi casa con una leve sonrisa de satisfacción y con el ánimo de evocar los recuerdos frescos para hacerlos más duraderos, cuando de algún lugar de la oscuridad un puñal está en mi garganta, me habla de forma estrepitosa y me dice que es un homicida, que colabore o que me acaba a puñaladas, me hace caminar a su lado, no le veo el rostro muy bien pero me obliga a darle todo el dinero, saqué cerca de diez mil de mi bolsillo y se los entregué, me devuelve dos mil después de preguntarme donde vivo y me dice que son para el bus pero que no está conforme, que le entregue todo o empieza por el vientre, hace un amague y logra rasgarme la chaqueta al intentar apuñalarme. Accedo, abro la billetera y le entrego el resto, cerca de treinta mil, seguimos caminando, estoy asustado pero no parece notarlo, eso lo exaspera y lo hace amenazarme una y otra vez.

Llevamos cerca de seis cuadras de camino y no hay nadie, me pide más y mete sus manos en mis bolsillos, en el derecho se topa una navaja y le hace un pequeño corte, no le hace caso, ni siquiera lo menciona pero logro verle la diminuta herida en el dedo, en el otro bolsillo mi celular, el mismo que acaba de sonar una vez anunciándome que mi compañera ya está bien, lo saca y me deja, desaparece, vuelvo la mirada y no hay nadie, la oscura soledad del término de un lunes hábil a media noche, solo el caño cerca al estadio donde quizá se metió mi verdugo.

Reviso mis bolsillos, hay cinco mil pesos, paro un taxi y le cuento lo que me pasó, le doy los cinco mil y los dos mil que me dejó mi ex-compañero de acera, le pido que me lleve a mi casa y accede, le cuento lo acontecido en el camino y llego a la casa, desconsolado, algo triste pero aún con una leve sonrisa en los ojos, como si aún tuviera el brillo de ese par de maras caliginosas sobre mí, entonces me dispongo a escribir este relato y no dejo de pensar en cómo conseguir su número de nuevo –¡puta madre!  Su teléfono y todo lo que me daba un soporte empírico de su existencia se lo llevó ese cabrón en mi teléfono-.

Bueno, finalmente es la una de la madrugada, sé que me habrá llamado muchas veces y que quizá no ha podido dormir aún, estoy bien; ahora mismo en mi habitación solo hay dos leves hendiduras en mi espesa chaqueta azul y un cansancio resignado que me invade.

Anuncios

Publicado 16 diciembre, 2008 por jonathanbrausinp en ...en el mundo estamos...

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: