…Elena, cine y café…   Leave a comment

Una noche cualquiera le escribo que no todo entre nosotros debe tener cara de pugna. Sin embargo sé que es un hecho coherente con esta experiencia, barranquillera, donde casi todo me sabe a rock, a resaca, a discusiones, a encuentros y desencuentros, a olvidos.

–Estoy confundida- me dice. Creo que, como me lo dijo un día Carolina, esa confusión a la larga no va a servir más que para el redescubrimiento, para que se formalicen sus planes y sea muy feliz con su familia promedio.

-Dímelo, dímelo- insisto yo con desespero frente a sus notorias evasivas ante mis preguntas sobre el futuro. Quiero llenar esos silencios de libros, de expectativas con ella, de poemas de Sabines donde se mande todo a la mierda o se hable del suicidio.

–No todo lo tenemos que hablar- me espeta indignada. Después me pasa las manos alrededor del cuello y simula ahorcarme con toda su fuerza como queriendo callarme para siempre.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad en esa mirada tan expresiva como displicente que te acompaña; -es que no me gusta la gente- me has dicho. Claro que no te gusta la gente, no hace falta que lo digas.

Recuerdo que lo más impactante para mí en ese momento fue descubrir que tenías una opinión tan formada sobre cine, tan certera y tan diametralmente opuesta a la mía. Me sorprendió para un gusto que por años he considerado de mis fuertes.

Mira que mujer tan inteligente y tan atractiva -le dije a Barranquilla- tiene cierta alegría/amargura costeña y al respecto nada le importa, intenta desbordar lo sensata y lo profesional en todos sus colores.

En buena parte de nuestros encuentros reinan los silencios, que de común acuerdo no tienen que ser incómodos. Silencios que huelen a su cabello y a sus preocupaciones, a sus “no debiste irte, debiste haber seguido a mi apartamento que la conversación estaba muy agradable” de algunos días; a los colores de todos sus mandalas.

Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, -¿cuánto es, señor, y por qué tan caro?-. Pasaban los días entre agradecimientos mutuos y buenas excusas para salir a caminar.

Después de mucho manifestarte que estaba completamente cómodo contigo, tú hiciste lo propio con la valentía que brinda una noche de cervezas. Vinieron los besos, los mordiscos, la carne que se estrella contra la carne. Dolor.

Hubo llanto, ha de llamarse culpa. Momento memorable para mí, Elena.

-Mira tanta humanidad en una misma noche-, le dije a Barranquilla.

Entre nosotros siempre hay películas, caminatas y discusiones tan obtusas como cotidianas; también preguntas dementes: ¿preferirías ser un pulpo o una estrella de mar?, ¿qué género musical te gustaría ser?, ¿y si tuvieras que ser una figura geométrica?

Tuve el acierto de dedicarte las canciones precisas, cosa que rara vez sucede, casi una diaria, muchas hablaban de lo nefasto de los domingos.

-No tengo nada que ofrecerte ni estoy en disposición de recibir, ahora mismo, nada de tu parte- repetías.

Antes o después de esa letanía hablábamos sobre la dificultad de encontrar a alguien con quien empates, con quien compartas muchos gustos y cuya personalidad no te genere problemas.

Que gusto pasar los fines de semana a su lado, que el plan surja de forma tan natural y que de esa forma natural cada uno encuentre la manera de irse sin ser despedido, pero sabiendo que estorba. Así como hay un dicho que reza que es mejor llegar a tiempo que ser invitado, debe haber alguno que aluda a que es mejor irse a tiempo que ser despedido.

Supongo que algunas desilusiones se ligan al hecho de que conoces a alguien demasiado, o a que hay cosas de esa persona que un día dejan de sorprenderte.

De su relación, la real, no tengo idea aunque a veces me ha ganado la curiosidad y he preguntado, otras veces solo imagino. De cualquier modo sé sobre ese alguien a quién quiero identificar como Minestrón y que es su pareja de toda la vida, he visto fotos de ambos en las redes sociales, es un tipo moreno aunque no tanto como a mí me habría gustado ser. Me pregunto si con él también lee.

Elena y yo leemos de vez en cuando, generalmente soy yo el que lee y ella la que escucha. Un fin de semana cualquiera en la primera noche me leyó un pequeño texto sobre el suicidio (tema apasionante) escrito por Milan Kundera; la segunda noche fue mi turno con un cuento de Murakami que la puso a dormir en la quinta página.

Imagino que a los dos nos cuesta trabajo expresar lo que sentimos, sin embargo especular se nos da y al final tocábamos todos los temas, sin mirarnos a los ojos, como hemos hecho con casi todo lo importante a lo largo de estos meses. Y nos creíamos dioses cuestionando la biblia, burlándonos de los horóscopos, derribando el capitalismo con sueños absurdos y haciendo premoniciones sobre nuestras horribles muertes.

-Me gustaría que alguien nos grabara, como en un reality show, para tiempo después vernos y reconocernos en lo trascendente, y absurdo, de nuestras conversaciones-, te decía.  

-Mira que ridículo es el amor-, le decía a Barranquilla.

Más de una vez nos hemos tomado del pelo haciendo un llamado al otro a que se “desmovilice”, esto es: que deje de mirar su teléfono por el tiempo que estamos compartiendo juntos. Ese fin de semana cualquiera la batalla la ganó ella, estuvo pendiente del teléfono los dos días, entiendo que alguien la estaba convidando a una fiesta, algo me contó, supongo que también conversaba con Minestrón

-Es que yo no tuve la intención de desaparecerme todo el fin de semana como tal vez tú sí- fue su respuesta a mi reclamo por su intensidad con el teléfono; ante lo cual no tuve nada más que decir.

Esa noche ya desde mi casa me ofrecí a terminar de leerle al teléfono (dejándole grabaciones) el texto de Murakami que la había abrazado en sueño la noche anterior, fue una idea que la entusiasmó.

Un día hace muy poco y sin que la viera venir llegó su despedida, que no se ha consumado pero que tiene las horas contadas. Las consecuencias para mí ya las imagino: soledad, aislamiento, amargura, deseos de volver a la zona de confort, escribir.

Después de eso es probable que venga la ilusión de conocer de nuevo a alguien, las conversaciones, la carrera por besarla, amarla y olvidarla.

Supongo yo que hasta el momento verla es lo que palía mi ansiedad bajo este cielo despejado y caluroso, a veces imagino que en los meses por venir será la verdadera prueba, el ostracismo absoluto y la nostalgia de los amigos. Y ahí haré memoria a estas memorias de nuestros fines de semana. Y haré memoria a los celadores de su edificio cuyos nombres desconozco pero que me saludan de forma tan efusiva.

Ahora mismo todo es una pugna, no tiene que ser, pero es como es.

Los juegos de cartas, enseñarte algunos tontos trucos. Notar como todo contigo sale naturalmente, tu sabor es el del cielo, el mío es de la oscuridad. No querer irse nunca, que suenen algunas canciones de trova desde el fondo de una habitación que nos ha visto más desnudos que con ropa.

Nuestros últimos encuentros han sido más parcos que el primer día que nos vimos. Uno de ellos se trató de una comida con muchas grasas saturadas y de palabras que no fluían en una conversación forzada llena de cotidianidades. Creo que a través de su teléfono agendaba una cita en su nuevo trabajo o alguna cena romántica, no me importa.

Después de unos días de silencio de tu parte y en el marco de un encuentro a medio planear, las palabras se me atoraron en la garganta. Minutos después de despedirnos te escribí algunos mensajes, “estoy triste” coincidimos en decirnos.

Que difíciles las despedidas, que fuertes que son, que fuerte lo que siento por vos. Tal vez nos merecemos un mejor recuerdo, Elena, gracias por todo el intercambio literario. Gracias por todo el intercambio vital.

-Me gané la lotería pero se me fue el boleto de las manos-, le dije a Barranquilla.

Viéndolo, creo que han sido más sinceros los intercambios a través de correo electrónico que esas últimas visitas que se han llenado de sus respuestas agónicas y de mis ladridos de “quédate, no te vayas, yo tampoco tengo nada para ofrecerte pero estará todo bien, bella Elena”. Se va apagando.

Cuarta, quinta o décima vez que lloro por una mujer.

Palabras al vacío, promesas que no se cumplen. Es mejor no despedirse.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad.

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