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…Elena, cine y café…   Leave a comment

Una noche cualquiera le escribo que no todo entre nosotros debe tener cara de pugna. Sin embargo sé que es un hecho coherente con esta experiencia, barranquillera, donde casi todo me sabe a rock, a resaca, a discusiones, a encuentros y desencuentros, a olvidos.

–Estoy confundida- me dice. Creo que, como me lo dijo un día Carolina, esa confusión a la larga no va a servir más que para el redescubrimiento, para que se formalicen sus planes y sea muy feliz con su familia promedio.

-Dímelo, dímelo- insisto yo con desespero frente a sus notorias evasivas ante mis preguntas sobre el futuro. Quiero llenar esos silencios de libros, de expectativas con ella, de poemas de Sabines donde se mande todo a la mierda o se hable del suicidio.

–No todo lo tenemos que hablar- me espeta indignada. Después me pasa las manos alrededor del cuello y simula ahorcarme con toda su fuerza como queriendo callarme para siempre.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad en esa mirada tan expresiva como displicente que te acompaña; -es que no me gusta la gente- me has dicho. Claro que no te gusta la gente, no hace falta que lo digas.

Recuerdo que lo más impactante para mí en ese momento fue descubrir que tenías una opinión tan formada sobre cine, tan certera y tan diametralmente opuesta a la mía. Me sorprendió para un gusto que por años he considerado de mis fuertes.

Mira que mujer tan inteligente y tan atractiva -le dije a Barranquilla- tiene cierta alegría/amargura costeña y al respecto nada le importa, intenta desbordar lo sensata y lo profesional en todos sus colores.

En buena parte de nuestros encuentros reinan los silencios, que de común acuerdo no tienen que ser incómodos. Silencios que huelen a su cabello y a sus preocupaciones, a sus “no debiste irte, debiste haber seguido a mi apartamento que la conversación estaba muy agradable” de algunos días; a los colores de todos sus mandalas.

Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, -¿cuánto es, señor, y por qué tan caro?-. Pasaban los días entre agradecimientos mutuos y buenas excusas para salir a caminar.

Después de mucho manifestarte que estaba completamente cómodo contigo, tú hiciste lo propio con la valentía que brinda una noche de cervezas. Vinieron los besos, los mordiscos, la carne que se estrella contra la carne. Dolor.

Hubo llanto, ha de llamarse culpa. Momento memorable para mí, Elena.

-Mira tanta humanidad en una misma noche-, le dije a Barranquilla.

Entre nosotros siempre hay películas, caminatas y discusiones tan obtusas como cotidianas; también preguntas dementes: ¿preferirías ser un pulpo o una estrella de mar?, ¿qué género musical te gustaría ser?, ¿y si tuvieras que ser una figura geométrica?

Tuve el acierto de dedicarte las canciones precisas, cosa que rara vez sucede, casi una diaria, muchas hablaban de lo nefasto de los domingos.

-No tengo nada que ofrecerte ni estoy en disposición de recibir, ahora mismo, nada de tu parte- repetías.

Antes o después de esa letanía hablábamos sobre la dificultad de encontrar a alguien con quien empates, con quien compartas muchos gustos y cuya personalidad no te genere problemas.

Que gusto pasar los fines de semana a su lado, que el plan surja de forma tan natural y que de esa forma natural cada uno encuentre la manera de irse sin ser despedido, pero sabiendo que estorba. Así como hay un dicho que reza que es mejor llegar a tiempo que ser invitado, debe haber alguno que aluda a que es mejor irse a tiempo que ser despedido.

Supongo que algunas desilusiones se ligan al hecho de que conoces a alguien demasiado, o a que hay cosas de esa persona que un día dejan de sorprenderte.

De su relación, la real, no tengo idea aunque a veces me ha ganado la curiosidad y he preguntado, otras veces solo imagino. De cualquier modo sé sobre ese alguien a quién quiero identificar como Minestrón y que es su pareja de toda la vida, he visto fotos de ambos en las redes sociales, es un tipo moreno aunque no tanto como a mí me habría gustado ser. Me pregunto si con él también lee.

Elena y yo leemos de vez en cuando, generalmente soy yo el que lee y ella la que escucha. Un fin de semana cualquiera en la primera noche me leyó un pequeño texto sobre el suicidio (tema apasionante) escrito por Milan Kundera; la segunda noche fue mi turno con un cuento de Murakami que la puso a dormir en la quinta página.

Imagino que a los dos nos cuesta trabajo expresar lo que sentimos, sin embargo especular se nos da y al final tocábamos todos los temas, sin mirarnos a los ojos, como hemos hecho con casi todo lo importante a lo largo de estos meses. Y nos creíamos dioses cuestionando la biblia, burlándonos de los horóscopos, derribando el capitalismo con sueños absurdos y haciendo premoniciones sobre nuestras horribles muertes.

-Me gustaría que alguien nos grabara, como en un reality show, para tiempo después vernos y reconocernos en lo trascendente, y absurdo, de nuestras conversaciones-, te decía.  

-Mira que ridículo es el amor-, le decía a Barranquilla.

Más de una vez nos hemos tomado del pelo haciendo un llamado al otro a que se “desmovilice”, esto es: que deje de mirar su teléfono por el tiempo que estamos compartiendo juntos. Ese fin de semana cualquiera la batalla la ganó ella, estuvo pendiente del teléfono los dos días, entiendo que alguien la estaba convidando a una fiesta, algo me contó, supongo que también conversaba con Minestrón

-Es que yo no tuve la intención de desaparecerme todo el fin de semana como tal vez tú sí- fue su respuesta a mi reclamo por su intensidad con el teléfono; ante lo cual no tuve nada más que decir.

Esa noche ya desde mi casa me ofrecí a terminar de leerle al teléfono (dejándole grabaciones) el texto de Murakami que la había abrazado en sueño la noche anterior, fue una idea que la entusiasmó.

Un día hace muy poco y sin que la viera venir llegó su despedida, que no se ha consumado pero que tiene las horas contadas. Las consecuencias para mí ya las imagino: soledad, aislamiento, amargura, deseos de volver a la zona de confort, escribir.

Después de eso es probable que venga la ilusión de conocer de nuevo a alguien, las conversaciones, la carrera por besarla, amarla y olvidarla.

Supongo yo que hasta el momento verla es lo que palía mi ansiedad bajo este cielo despejado y caluroso, a veces imagino que en los meses por venir será la verdadera prueba, el ostracismo absoluto y la nostalgia de los amigos. Y ahí haré memoria a estas memorias de nuestros fines de semana. Y haré memoria a los celadores de su edificio cuyos nombres desconozco pero que me saludan de forma tan efusiva.

Ahora mismo todo es una pugna, no tiene que ser, pero es como es.

Los juegos de cartas, enseñarte algunos tontos trucos. Notar como todo contigo sale naturalmente, tu sabor es el del cielo, el mío es de la oscuridad. No querer irse nunca, que suenen algunas canciones de trova desde el fondo de una habitación que nos ha visto más desnudos que con ropa.

Nuestros últimos encuentros han sido más parcos que el primer día que nos vimos. Uno de ellos se trató de una comida con muchas grasas saturadas y de palabras que no fluían en una conversación forzada llena de cotidianidades. Creo que a través de su teléfono agendaba una cita en su nuevo trabajo o alguna cena romántica, no me importa.

Después de unos días de silencio de tu parte y en el marco de un encuentro a medio planear, las palabras se me atoraron en la garganta. Minutos después de despedirnos te escribí algunos mensajes, “estoy triste” coincidimos en decirnos.

Que difíciles las despedidas, que fuertes que son, que fuerte lo que siento por vos. Tal vez nos merecemos un mejor recuerdo, Elena, gracias por todo el intercambio literario. Gracias por todo el intercambio vital.

-Me gané la lotería pero se me fue el boleto de las manos-, le dije a Barranquilla.

Viéndolo, creo que han sido más sinceros los intercambios a través de correo electrónico que esas últimas visitas que se han llenado de sus respuestas agónicas y de mis ladridos de “quédate, no te vayas, yo tampoco tengo nada para ofrecerte pero estará todo bien, bella Elena”. Se va apagando.

Cuarta, quinta o décima vez que lloro por una mujer.

Palabras al vacío, promesas que no se cumplen. Es mejor no despedirse.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad.

…Linda…   Leave a comment

Hoy vi a Linda, hace 2 años largos no la veía.

Recuerdo que esa vez, por allá en el diciembre de 2012, me alegró mucho el día (y el mes) verla, tanto que terminé por comprar más regalos de los que me había presupuestado para entonces. Mi familia fue la gran beneficiaria de mi encuentro furtivo desde el Transmilenio con Linda.

Seguía estando igual: altiva, esbelta, erguida, delgada, elegante… en ese momento la vi pasando la calle desde la ventana del bus, no me costó mucho trabajo reconocerla, era ella sin duda.

Para el año 2010 Linda fue mi pareja de baile de manera transitoria, montábamos una milonga en el grupo al que pertenecíamos y por los azares de la vida los profesores estimaron que ella y yo seríamos la pareja más notoria, juntos estaríamos al frente y en el centro.

Para entonces yo no la conocía y tampoco lo pude hacer tiempo después, mi novia de turno hacía parte del mismo montaje y era un tanto celosa, además Linda no era particularmente habladora. Lo único que me llegó a contar entre ensayo y ensayo es que me llevaba más de 10 años (yo le hablé de mi edad, 22 para entonces) y que jamás en la vida había trabajado. Estaba haciendo un doctorado ahí en la universidad y en par meses se iría a Alemania, todo en su vida, todo, hasta entonces, se lo habían costeado sus padres.

Linda hacía pleno honor a su nombre.

Ensayamos unas cuatro o cinco veces, no lo sé, faltando dos semanas para la presentación Linda no volvió a los ensayos, nadie sabía su número, su correo, nada, solo sabíamos que hacía un doctorado en la Nacional.

Para aquel día de diciembre cuando la vi desde la ventana juré que si la vida me la volvía a poner de frente le hablaría, le preguntaría cómo le había acabado de ir con su doctorado y claro, si sus padres aún le daban para el bus.

Tuvo que ser 7 de abril de 2015 para encontrármela de nuevo, sucedió siendo la tarde de un martes cansado y rutinario en la estación de Transmilenio más cercana a mi oficina, subimos al mismo bus y la reconocí desde el primer momento, tiene la misma “lindura” de los días en que bailábamos. De pie me acomodé a su lado, la miré fijamente, no fui capaz de hablarle, no supe o no quise saber cómo decirle – ¿Linda? ¿Linda Rincón? ¿Me recuerdas?-, ¡no!; por todo lo que duró el trayecto y estando a su lado la contemplé de manera casi descarada. Noté que se sintió intimidada, cambió algunas veces de postura, me miró de reojo, palideció. En fin.

Tarde advertí que había llegado a mi destino, tuve que salir a empujones, sin despedirme, sin una última mirada. Había perdido la oportunidad de hablarle, sin embargo, en el recorrido le noté esas maneras elegantes que recordaba y algunos libros en su maleta, pienso ahora que a lo mejor se dedica a la docencia. Especulo.

Absorto pasé la calle; había perdido el chance y ya no me juré nada, -si la vuelvo a ver la disfrutaré, la recordaré en esa milonga de hace 5 años y nada más- me dije. Del otro lado de la acera tuve la sensación de ser observado, últimamente me cerca la paranoia, la seguridad no es la sensación que más me transmite la ciudad por estos días, agité la cabeza y pasé rápidamente la mirada a todas partes en busca de amenazas.

Del otro lado de la avenida Linda me miraba expectante, revisaba su bolso y me clavaba esos bellos ojos verdes, quise sonreírle pero al advertir mi mirada bajó la suya, cerró la cremallera de su bolso y echó a andar presurosa hacía el oriente, dirección opuesta de donde vivo, de seguro que se fue con la sensación de que yo la miraba de manera insistente en el bus porque la quería robar. De seguro no se acordó de nuestra milonga.

Publicado 28 junio, 2015 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas..., ...registros...

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…sobre las inefables manzanas de chocolate…   Leave a comment

Una mirada resplandeciente y clara se podía observar enmarcada a través de los lentes de montura gruesa, recta y hecha de algún tipo de plástico marrón, -lentes de niño genio- pensé antes de fijarme con atención en el color de sus ojos. Nunca me han gustado los ojos claros, no he tenido buenas experiencias con ellos, y si hablamos de estética prefiero las pieles morenas, que por lo general vienen en conjunto con miradas oscuras. Melisa (con una “s”) era su nombre, era alta de estatura y mediana de contextura, la mujer más perspicaz que he conocido. –¿Le molesta si fumo?- me dijo por primera vez mientras parecía como si se estuviese viendo de frente reflejada en un paquete de cigarrillos recién abierto –es un espacio abierto- respondí y fingí distraerme, ella hizo lo mismo, el espacio no era grande y era la única zona verde del edificio. De alguna forma se las arregló para alejarse de mí sin entrar a arrasar con las petunias y los cartuchos, permaneció de pie a un palmo del jardín, con un cenicero en la mano y poniendo mucha atención a cada exhalación, en su boca fumar parecía un placer delicioso. Estaba de pie en el último ladrillo mirando a la nada mientras yo seguía en la banca de madera que había ganado por llegar unos segundos antes, pasaba mis quince minutos de descanso. Aquel día la contemplé descaradamente, de arriba a abajo, de izquierda a derecha,  tenía un perfil caricaturesco y con un poco de imaginación podría uno creer que efectivamente esa mujer estaba pintada en la pared blanca del fondo del patio. Era dueña de una elegancia antigua, gastada, sosa, como la de algunas trabajadoras de calle que caminan con altivez de artista aunque el frío las entumezca.

Era bella, tendría unos treinta y algo y se le notaban, pero representaba con posturas y gestos algo que iba más allá de su edad, una especie de preocupación o duelo que parecía conferirle siempre un estado de molestia -¿me le parezco o qué?-, bajé la mirada inmediatamente y me marché. Al día siguiente comprendí que mis quince minutos de descanso coincidirían con los de aquella mujer y con los de algunos tantos empleados que preferían la sala de estar al jardín por evitar el sol de la media tarde, los ocasionales gusanos y el olor a cigarrillo. Yo era el nuevo y ciertamente no me interesaba quedarme en el rotulo de tal por mucho tiempo, al tercer día le hablé, bueno, me habló, parecía algo inquieta, -exceso de café- pensé. –Soy Melisa- me dijo –con una “ese”. ¿Y usted?-, lo primero que pensé en decirle fue –no, yo no me llamo Melisa- pero advertí que sería un comentario muy pueril para alguien de su apariencia –soy Tomás- respondí – mucho gusto, no hace mucho llegué-; -lo sé, todavía se sienta acá, en unos días no soportará el sol, ni el encierro, ni nada que tenga que ver esta parte del edificio-, me pareció un comentario exagerado pero callé, en cierta forma la mujer me intimidaba.

Nos seguimos encontrando casi todos los días con excepción del cruce de descansos que generalmente era los miércoles y los domingos; cierta vez hablamos de lo que hacíamos, ella trabajaba en la bodega de la sexta planta: alistaba materiales, pasaba tintos, halaba cables, contestaba llamadas, veía por los hijos de su jefe, entre otros; yo le expliqué que era sociólogo, que había caído allí por casualidad y palanca y que mi función, en términos generales, era llamar a las personas y programar visitas quincenales que después asignaba. No puso mucha atención a mis comentarios, lo único que me dijo fue –que mal, ustedes los psicólogos no tienen corazón-. Esa misma semana, cuando comenté mi exceso de trabajo con las visitas domiciliarias y la falta de personas competentes a mi cargo retomó lo de los psicólogos y me contó sin muchos detalles cómo se había involucrado con un médico psiquiatra en su trabajo anterior y de porque entonces decía que yo no tenía corazón, esa tarde yo no estaba de humor para explicarle que los psicólogos no son psiquiatras y que los sociólogos no somos ni lo uno ni lo otro, en algún momento advertí algo de rencor en sus palabras y preferí no ahondar en el tema del psiquiatra.

Con el tiempo noté que Melisa tenía cientos de rencores acumulados por los años, con su padre, con el psiquiatra que también era su jefe y hasta con el hombre que había abusado de su sobrina hace poco, todo esto le confería un aura tosca y ofensiva, desde que me contó lo de su sobrina no quise volver a preguntar nada referente a su vida familiar o sentimental. Discutimos más de una vez sobre política y religión, otras tantas compartimos tinto y cigarrillo generalmente mientras la lluvia nos salpicaba los zapatos. Con el tiempo sus ojos me parecieron lindos, no eran tan claros como los recordaba e iban a la perfección con su piel tersa, limpia y joven, una piel impecablemente blanca y atractiva.

Cierto día le hice saber que había estado reparando en que se le notaba más delgada, ella correspondió a esto diciendo que un dolor en la garganta le había comenzado semanas atrás y que el antibiótico, recetado por el farmaceuta del barrio, no causaba el efecto deseado, tenía también un dolor de cuello insoportable por lo que había pedido cita con un masajista, pero sus familiares la convencieron de que lo mejor era hacer un chequeo general; no la vi durante dos semanas, tiempo al cabo del cual no podía entender cómo es que había sostenido por cerca de cuatro meses una relación interpersonal con alguien a quien veía solo unos minutos al día en el mismo lugar, sin encontrarla eventualmente en una oficina, en un restaurante, en la entrada del edificio, sin teléfonos ni mensajes, solo casualidades programadas, comprendía, eso sí, que era bella y que eso había contribuido a la causa, muchos de mis prejuicios respecto a las mujeres de mirada clara se desvanecieron con las conversaciones ocasionales que sosteníamos.

Nuestro reencuentro fue rápido, no salió a fumar, -solo necesitaba un poco de aire- me dijo, y casi al instante la vi llorar, de la forma en que lo hacen las mujeres que no se quieren mostrar débiles, algunas lagrimas bajaron por sus mejillas, otras tantas se acumularon en la montura de sus lentes de niño genio, no me vio a los ojos. De alguna forma balbuceó algo sobre que le habían descubierto un cáncer y el inicio del tratamiento y se fue sin despedirse; me quedé inmóvil, apenas si hablábamos quince minutos como mucho al día y ya sabía que tenía cáncer de garganta. Me dejó un vacio en el pecho del que me costó algunas semanas desprenderme.

No la volví a ver desde entonces, había pasado casi un año y hace poco menos de dos semanas la encontré a través del cristal de la ventanilla del bus en que me desplazaba sobre la carrera séptima, caminaba distante, desprevenida, llevaba un par de cajas medianas entre ambas manos a la altura del pecho y por lo recogidos de los ojos podría jurar que no era la primera vez que hacía ese recorrido, por el mismo lugar y con la misma carga; tenía pasos  displicentes, alienados, tuve tiempo suficiente para observarla mientras el semáforo cambiaba, por un momento pensé que voltearía intempestivamente la cara y sentí algo de temor por eso, rápidamente elaboré un plan de emergencia donde al verme confrontado por el par de ojos añil me haría el desprevenido y parecería estar buscando un número en las plaquetas de las edificaciones de la avenida. Pareció caminar en cámara lenta a mi lado, no hice nada para llamar su atención, la dejé en paz, con su marcha cotidiana y sumisa, con el porte de quien ha tenido que pasar por mucho para pararse donde se encuentra, nada que ver con como la recordaba, con esa altivez modelada y agresiva. La vi vulnerable, triste y macilenta, podía intuirse que no la había pasado nada bien todo ese tiempo, ni ella ni quien tuvo que haberla acompañado en el karma, entonces me sentí miserable y poco compasivo al pensar en la fortuna de no haber querido pedir su número de teléfono, y de que odiara a los psicólogos, aunque nunca se hubiese metido con uno y aunque yo no fuera uno de ellos.

 

…para mí la poesía, para ti las ecuaciones…   Leave a comment

 
-Querido niño Dios, para esta navidad lo único que quiero es una barbie de la última colección, espero que este año si me la puedas regalar. Quiero la barbie que sabe hacer felación, no importa si mide dos metros o uno y medio, sabes que en esos detalles no me fijo mucho, aunque claro, me gustan más las morenas. Muchas gracias, querido niño Dios- corta y sencilla era por quinta vez en veintidós años mi carta al niño Dios del último diciembre; era fácil de redactar y ciertamente no exigía mucho, tan solo una muñeca como lo haría cualquier niña saturada de comerciales y ostentosas vitrinas con los juguetes de moda: barbies para todos los gustos, las hay que cocinan, que lavan, que planchan, que cosen, que hacen trabajos de grado –siga, siga, hay una para usted-. Fue un diciembre atiborrado de cotidianidad, que me mantuvo sumergido entre copias, parciales y platos, y del que por suerte salí vivo, pienso que lo único que me conservó cuerdo fue la idea de obtener la anhelada muñeca que, por supuesto, ese año tampoco llegó envuelta en papel de regalo y con un complicado moño de cinta verde. Al diciembre azaroso y triste le siguió un enero majestuoso, soleado como muchos pero caluroso como ninguno, los abuelos lo notaron y empezaron a pronosticar el fin del mundo dado que en los días de las cabañuelas el cielo estuvo más despejado que siempre y ninguna gota de lluvia se le escapó a San Pedro ni por desliz. El calor en muchos sitios se hizo insoportable y la densidad del agua de las piscinas aumentó dado que casi todo el tiempo estaban colmadas, los ríos tenían el cauce bajo y los animales, que mas parecían pintados en un cuadro de hiperrealismo, se mostraban macilentos. Se decía que en algunos lugares los hombres estaban muriendo de deshidratación y las mujeres iban perdiendo sus curvas a raíz de la sequía, los cultivos se perdían y casi todo el mundo padecía algún malestar que tenía que ver con el inclemente sol. Por los días de la inclemencia a Juan le aquejó el dolor de estomago de manera más aguda, era una enfermedad rara de la que nadie había querido dar razón y con la que ya se había acostumbrado a vivir, entre disenterías, vómitos, fiebres y malestares había perdido tres años de su juventud a la buena fortuna de cientos de médicos que le daban diagnósticos distintos y remedios contradictorios, por entonces los cólicos se hicieron tan fuertes que se revolcaba en las noches y no había forma de controlarlo, se desesperaba y gritaba con una suerte de bramidos que nos desvelaban a todos en el acto. De algún lugar del vecindario llegó a nuestros oídos el rumor de la existencia de un medico tan efectivo que no cobraba hasta no curar completamente, una especie de chaman del que no se tenía queja, al día siguiente, después de una noche insoportable tanto para Juan como para nosotros, me aventuré con él en la búsqueda del especialista. Querer llegar a la casa del maestro implicaba conocer ávidamente la provincia del Bajo Magdalena, por suerte, tanto como a Juan como a mí, la infancia nos sonrió en medio de estas selvas de las que se decía que en otras épocas emergían panteras, guacamayas, indígenas, guacas y toda suerte de artefactos y seres. Así, entre trapiches eléctricos y cañaverales llegamos a su residencia, tan humilde como recóndita, de la que se dice, hace parte de un gran jardín mítico con una amplia gama de flores y semillas para todos los aturdimientos. –Buenos días- saludamos a las cuatro mujeres aparcadas en el recibidor –estamos buscando a Miguel- una de ellas, la que parecía ser la dueña de casa y que tenía una presencia imponente, nos invitó a seguir y a esperar junto a ellas –enseguida viene, se estaban tardando- concluyó-. El maestro es casero y paternal, sencillo en la forma y en el hablar, parece un campesino más: alpargatas, pantalón gastado y camisa; tiene los ojos rojos y la pupila turbia como bien me había advertido mi abuelo sobre quienes abusaban de los rezos; es un hombre que parece no tener más de sesenta años y tiene ademanes cansados, como si la fatiga de las caudalosas visitas lo cansara más que la producción de panela. Antes de atendernos pasó por el lado mirándonos de reojo al tiempo que sostenía una conversación con un rubio de mediana estatura que respondía con monosílabas a los planteamientos del maestro sobre cosechas, colectas y sembrados. Poco después nos saluda efusivamente advirtiéndonos de la presencia de tres mujeres antes que nosotros, y que por tanto, debemos esperar, la consulta con ellas la hace delante nuestro, todo gira en torno a la menor, una niña con cerca de doce años que parece tener problemas en la piel de manera muy pronunciada y conflictiva, ampollas en la cara, brazos y torso, su madre y abuela, las acompañantes, reportan padecer algo semejante pero no en la proporción de la infante, según relatan llevan un día viajando desde la ciudad y se encuentran muy cansadas. Después de escucharlas el maestro les ofrece algo de tomar y le dice a su esposa, la que tenía aspecto de matrona, que nos traiga un tinto; procede interrogando, lo hace sobre hábitos alimenticios, lugar de vivienda, antecedentes, entre otros, todo con el rigor de una consulta médica, habla de plano y sin tecnicismos, finalmente emite un concepto que resulta ser un poco confuso para todos, habla de la sangre y de la forma como fluye por todos los seres vivos, les dice a las tres mujeres que deben tomarse una infusión que incluye frutas, verduras, condimentos y licor por cinco días y en ayunas, también invita a la niña a seguir a su habitación para hacerle un rezo, no se demora mucho, es un procedimiento fugaz que de seguro incluye algunas palabras cortas, efectivas y milenarias contra las maldiciones. Con Juan, al igual que con la otra consulta, todo se habla de entrada y en frente de todos, le pide una referencia a los síntomas y Juan se extiende mas allá de los cólicos insoportables de enero para hacer referencia a teorías sobre cómo pudo haberle comenzado el padecimiento y sobre lo mucho que había sufrido por tres años con el mismo. El maestro medita un poco sobre lo que cuenta Juan y le advierte que puede ser un maleficio, es entonces cuando nos habla de sus múltiples viajes al extranjero y sobre todo el prestigio que tiene en Latinoamérica, nos relata historia personales sobre viajes a Perú, Bolivia y Venezuela y de cómo en esos lugares, con tanta o más malicia que en nuestro territorio, las mujeres dan a sus esposos o a las amantes de los mismos bebedizos de uñas, sangre, animales o tierra de difunto, de cómo se contratan hechiceros para que una persona muera lentamente de un cáncer intratable o de sed; nos habla de la mujer a la que desde lejos y con muchos maleficios le fabricaron una lagartija, y que en una noche bajo su tratamiento, con mucho dolor tuvo que parir como si se tratara de un niño para curarse, nos cuenta la historia del niño al que en un lugar del amazonas le fabricaron una tarántula en el pecho y de cómo él mismo, uno de los curanderos más grandes del sur del continente, tuvo que hacerle la cirugía de extracción con un machete. El maestro invita a Juan a su habitación para descartar cualquier irrupción de hechicería, según me contó el mismo Juan poco después, se trató de un par de golpes en las rodillas y en la mandíbula del paciente que propiciaba con los nudillos de su mano izquierda, después un rezo musitado y nuevo a la sala de estar. La esposa conoce tanto o más y que él sobre pócimas y lo interrumpe de vez en vez mientras este divagaba sobre si los frutos selváticos del té para Juan deberían estar verdes o maduros, por último, y recordando un caso semejante que trataron hace cerca de treinta años, acuerdan que sean verdes. Finalmente el maestro dice que es todo, les dice a las mujeres que se pueden ir y que no le deben nada pero que sean cuidadosas con la pócima, a nosotros nos cobra diez mil y nos dice que siempre que queramos ir somos bienvenidos, que se atreve a curar el cáncer, la soledad, la indigestión, la locura o cualquier otro mal mayor generado por un hechicero, -hechiceros hay bastantes y le hacen mucho mal a la gente, los curanderos somos pocos y nos encargamos de hacer todo tipo de acciones en función de la humanidad, solo hay que tener un poco de fe- nos dice ese espíritu supremo detrás de la facha de campesino fatigado y sudoroso. -Es hora de que se vayan- nos advierte- está por llegar una mujer que viene desde muy lejos buscándome. Nos despedimos después que cancelar la consulta y empezamos a andar de regreso entre carreteras, ríos y caminos, al cabo de media hora de ruta nos cruzamos con una rubia regordeta y brillante que nos preguntó donde quedaba la casa de Miguel, le dimos las instrucciones y seguimos caminando aún conmocionados con el principio vivo de esas realidades paralelas donde alguien se atreve a contradecir a la ciencia y asegura curar cualquier cosa con la sabiduría de la selva y un poco de fe por parte del paciente, donde lo que importa es hacer el bien a la humanidad y en donde los ángeles se visten de campesinos y se encargan de regar la paz desde los más apartados parajes. De este lado del mundo el maestro tiene un adepto más que le hace publicidad en lo virtual y que puede asegurar que vio a Juan curarse después de visitar cientos de médicos para sus cólicos insoportables. -Querido niño Dios, para el próximo diciembre no voy a pedir la barbie que sabe hacer felación, lo único que quiero es un tanto de sosiego y un buen camino para no caer en el paso de algún desaforado que me quiera ver pariendo sapos o que me quiera sacar tarántulas del pecho. Gracias, querido niño Dios-.

Publicado 31 enero, 2010 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas...

…cansancios…   Leave a comment

 

Agustina, ¡como si eso fuera un nombre!, como si la democracia no nos concediera un poco de gestión estética como para que alguien venga a llamarse así. Agustina era un poco de lo que nadie creía conocer sobre una mujer y mucho de lo que todo el mundo imagina de una de veintidós; sin embargo, era la primera, la mujer de sonada displicencia, la que a ella le gustaba proyectar. De letargos pronunciados y parcos matices, ciertamente era poco emocionante cruzarla ocasionalmente, así se me pareció en un principio, con el desdén de quien admira un objeto que ha estado situado en el mismo lugar por mucho tiempo pero cuya importancia lo hace imprescindible.  Agustina no tenía muchas cosas que enseñar, era una mujer tosca y vulnerable, una mujer normal a la que le faltaba vivir mucho, a la que muchas cosas se le habían servido en una hermosa copa de cristal.

Ciertamente no sé porque recordé mi encuentro con ella, pero fue una tarde corriente, sería un martes o un jueves, que lo mismo da; lo importante es que para ella el centro de toda posibilidad estaba en la lucha y eso me lo hizo saber en un principio, en las diarias, desde el interpuesto despertar matutino hasta el parcial final, todo eran reyertas pero más que nada estas se justificaban por los problemas ajenos, por lo que a ella jamás le sucedió directamente, por las amenazas danzantes, por lo que otros no vemos más que como alusiones alarmistas, sin embargo, para ella todo era cierto y había que actuar, la solución estaba en las ideas,  en las revolucionarias, en la utopía, que por misma jamás le concedió un espacio de tranquilidad; felizmente un día decidió emprender un viaje del que jamás quiso volver, ni siquiera la familia supo que fue de la vida de Agustina hasta que alguien hizo llegar un mensaje anónimo que anunciaba que se encontraba bien, que estaba entregada a la esperanza de un cambio desde el otro lado de lo que en otrora fuera su vida de princesa de clase media. Agustina lucha por las causas ajenas ahora, es despótica, rancia y hostil, pero sobre todo es la misma que desde una publicación clandestina imputaba contra el gobierno de turno, la misma mujer con las mismas convicciones, las de muchos, las que ella decidió vivir.

Publicado 1 mayo, 2008 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas...

…cambios…   1 comment

Este camino se empieza a torcer, el viaje ya no es en las mismas condiciones y el juego ya no tiene las mismas reglas, al menos no para mí. Empiezas a crecer, a ser autónoma y los artificios de los años ya no te impresionan; es bueno saber que alguna vez hace poco tiempo el mundo empezó a sonreírte y la espontaneidad domina tu nueva forma de asumir las cosas, me alegra mucho por ti, puedo decir que sigo bajo el mismo encanto que me suscitaban esas miradas hace un par de años y aun así no he dejado de sorprenderme. Algunas personas sueñan con tanta devoción que al cabo de un buen tiempo las imágenes se hacen realidades.

…milongas y sueños contigo…   Leave a comment

 

No sé que voy a hacer con mi sangre incontenible y mis pensamientos locos.

Todo comenzó con un fervoroso abrazo que de alguna extraña forma fue cayendo en este abismo del que con el tiempo nos haremos dueños; sin más palabras que las de mis ojos, sin más herramienta y artificios que mi mirada te fui desnudando, sin más resolución que un tono suave y menos que una mano extendida te fui tendiendo en la cama, te fui moldeando a mi acomodo.

He querido hacer un trazo en cada uno de los pliegues de tu cuerpo finito, en cada segmento por donde mis dedos han pasado he intentado dibujar un camino que poco a poco  se marca menos porque pierdo la concentración a medida que me hundo en ti; así he aprendido a conocer cada sendero de tu cuerpo por donde ha pasado el aire y muchos de los cuales aún no descubres. Anoche recorrí de nuevo tus caminos y cada cual quiso disfrutar del momento a su manera. Tú, natural, serena en apariencia pero ansiosa desde dentro, lo sé; yo, desafiante, impávido pero temeroso de tu extraña danza, es difícil no lastimar tanta pureza con unas manos tan mundanas.

Por donde nadie había pasado mis labios suavemente lo han hecho y en cada marca que alguien hubiese querido hacer hice una nueva, mas profunda, casi como una herida. Bajo el yugo de tu aliento he dormido poco y esa exótica forma de acelerar tu respiración se ha metido en mis pensamientos aún mientras estoy despierto.

Con las noches me he empezado a convencer que soy de la medida de tus caderas, amplias, bellas por su imperfección, de la medida de tu vientre que lejos de ser plano ondula al ritmo de mis manos inquietas, soy del tamaño de tus piernas firmes donde han querido navegar mis labios; encajo a la perfección en tu bajo vientre, donde se envuelve una niña, donde se esconde una promesa. Desde tu ombligo han despegado muchas veces mis besos y mi mano guiada por la tuya, porque te he visto tantas veces desnuda que temo no volver a soñarte, porque es tanto lo que conozco tu piel que así me gustas más y  cada latido se convierte en un estrepitoso movimiento que sabe conjurar un orgasmo, mi llanto y el tuyo que nace en medio de tus ingles y se extiende a las mías. En tu sexo también nace ese color delicioso a envidia humana, ese tono pastel que raya con lo egoísta y desvanece la ternura; nace el calor que atraviesa tu piel y hace que casi se funda con la mía donde encontré un poco de dolor y un par de alucinaciones. Y es que aún no sé de la extraña explicación para esos, tus temblores que han humedecido mi cuerpo tantas noches.

En la misma ciudad, en el cuarto eterno donde algún día estaremos te he vivido repetidamente y he sabido de tu distancia cuando despierto.

Al ritmo de un tango bello de esos que incitan a la coherencia y hacen creer en la verdad te he amado muchas veces, en tus ojos perdidos y tu piel trémula; en la vibración de mi lengua te he encontrado muchas más, en lo impacientes de mis dedos que te han sabido palmo a palmo. Mientras extrañas mis caricias recuerdo de nuevo este raro sueño y te escribo, mientras lo dulce de tus labios y lo salado de tu éxtasis atormenta mis recuerdos sé que estas leyendo esto.

Publicado 16 junio, 2007 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas...