Archivo para la categoría "…registros…"

…Linda…   Leave a comment

Hoy vi a Linda, hace 2 años largos no la veía.

Recuerdo que esa vez, por allá en el diciembre de 2012, me alegró mucho el día (y el mes) verla, tanto que terminé por comprar más regalos de los que me había presupuestado para entonces. Mi familia fue la gran beneficiaria de mi encuentro furtivo desde el Transmilenio con Linda.

Seguía estando igual: altiva, esbelta, erguida, delgada, elegante… en ese momento la vi pasando la calle desde la ventana del bus, no me costó mucho trabajo reconocerla, era ella sin duda.

Para el año 2010 Linda fue mi pareja de baile de manera transitoria, montábamos una milonga en el grupo al que pertenecíamos y por los azares de la vida los profesores estimaron que ella y yo seríamos la pareja más notoria, juntos estaríamos al frente y en el centro.

Para entonces yo no la conocía y tampoco lo pude hacer tiempo después, mi novia de turno hacía parte del mismo montaje y era un tanto celosa, además Linda no era particularmente habladora. Lo único que me llegó a contar entre ensayo y ensayo es que me llevaba más de 10 años (yo le hablé de mi edad, 22 para entonces) y que jamás en la vida había trabajado. Estaba haciendo un doctorado ahí en la universidad y en par meses se iría a Alemania, todo en su vida, todo, hasta entonces, se lo habían costeado sus padres.

Linda hacía pleno honor a su nombre.

Ensayamos unas cuatro o cinco veces, no lo sé, faltando dos semanas para la presentación Linda no volvió a los ensayos, nadie sabía su número, su correo, nada, solo sabíamos que hacía un doctorado en la Nacional.

Para aquel día de diciembre cuando la vi desde la ventana juré que si la vida me la volvía a poner de frente le hablaría, le preguntaría cómo le había acabado de ir con su doctorado y claro, si sus padres aún le daban para el bus.

Tuvo que ser 7 de abril de 2015 para encontrármela de nuevo, sucedió siendo la tarde de un martes cansado y rutinario en la estación de Transmilenio más cercana a mi oficina, subimos al mismo bus y la reconocí desde el primer momento, tiene la misma “lindura” de los días en que bailábamos. De pie me acomodé a su lado, la miré fijamente, no fui capaz de hablarle, no supe o no quise saber cómo decirle – ¿Linda? ¿Linda Rincón? ¿Me recuerdas?-, ¡no!; por todo lo que duró el trayecto y estando a su lado la contemplé de manera casi descarada. Noté que se sintió intimidada, cambió algunas veces de postura, me miró de reojo, palideció. En fin.

Tarde advertí que había llegado a mi destino, tuve que salir a empujones, sin despedirme, sin una última mirada. Había perdido la oportunidad de hablarle, sin embargo, en el recorrido le noté esas maneras elegantes que recordaba y algunos libros en su maleta, pienso ahora que a lo mejor se dedica a la docencia. Especulo.

Absorto pasé la calle; había perdido el chance y ya no me juré nada, -si la vuelvo a ver la disfrutaré, la recordaré en esa milonga de hace 5 años y nada más- me dije. Del otro lado de la acera tuve la sensación de ser observado, últimamente me cerca la paranoia, la seguridad no es la sensación que más me transmite la ciudad por estos días, agité la cabeza y pasé rápidamente la mirada a todas partes en busca de amenazas.

Del otro lado de la avenida Linda me miraba expectante, revisaba su bolso y me clavaba esos bellos ojos verdes, quise sonreírle pero al advertir mi mirada bajó la suya, cerró la cremallera de su bolso y echó a andar presurosa hacía el oriente, dirección opuesta de donde vivo, de seguro que se fue con la sensación de que yo la miraba de manera insistente en el bus porque la quería robar. De seguro no se acordó de nuestra milonga.

Publicado 28 junio, 2015 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas..., ...registros...

Etiquetado con ,

…anonimatos…   Leave a comment

 …Tengo que hacer un escrito que contenga una hipótesis sostenible, deducciones, evidencias y conclusiones en menos de doscientas palabras. Sí, mi profesor de inglés es un tanto optimista, de cualquier forma lo haré más tarde, por ahora, y antes de volver con las hipótesis, me quedo con las sandeces y las simplezas de este blog que cada vez está más sucio y abandonado…

-Tomás, no está bien que veas conversaciones ajenas- me dijo al tiempo que advertía que el foco de mis ojos se desprendía por un momento del contacto con los suyos y se deslizaba etéreamente por la boca resplandeciente de la mujer sentada tres mesas adelante. -Es una costumbre apática que, bien sabes, no te ha traído más que problemas– continuó diciendo -aún me veo llevándote comida a la estación policial la última vez que tu maña fue percatada por los tipos de esa mesa en el juego de póker– concluyó.

La mujer que estaba a tres mesas era una mulata grande y afanosa, supuse que sería de algún municipio del Caribe de donde he conocido a muchas como ella, con esa alegría eterna y sensual. Sentada mostraba un cuerpo robusto de brazos y espalda ancha, que probablemente combinaban tan bien con un abdomen pronunciado como con esa sonrisa nívea. Tenía los ojos oscuros, grandes y brillantes, y unos pómulos brotados que le daban ciertas facciones de indígena.

-¿La ves?, está justo detrás de ti y acaba de decir “nunca he estado más asustada en mi vida”- le dije al rostro de Camila que por mi imprudencia recién se había enfurecido y ahora desviaba la mirada. -Si hay algo difícil de saber cuándo intentas leer los labios de las personas es cómo se llaman- continué diciendo -puedes pasar horas y horas en el bus, un bar, el parque o la biblioteca y las personas difícilmente dirán su propio nombre-.

-A mí eso me tiene sin cuidado, ya te he dicho que no está bien que lo hagas- me recriminó de nuevo el rostro enfurecido y ahora recién ruborizado.

-Lo cierto, te interese o no, es que él tiene por lo menos el doble de su edad y ella aún no llega a los veinticinco, lo cierto es que vivieron en el idilio por cerca de seis meses y después, como raro, ella empezó a creer que algo no andaba bien. Nuestra amiga se sospecha que su galán le ha contagiado alguna enfermedad– le dije buscando más que un tanto de rubor en su ira -lo cierto, después de todo, mi querida Camila, es que no merece la pena seguir leyendo en los labios ese dolor porque quizá se nos contagia- terminé diciendo mientras advertía lo triste que resultaba la historia de la morena y lo imprudente de mi costumbre.

 –Tú me lo acabas de contagiar, imbécil, ahora ni siquiera quiero ver su rostro, vamos a esperar a que se vaya- me dijo al tiempo que para sorpresa mía había desviado su estallido de ira contra lo arraigado de mi maña a los actos de él, de un él de quién no sabíamos nada y del que solo la interlocutora de la joven hubiese podido darnos razón en ese instante-.

Como en otras ocasiones, con ese tono solemne y el aire filosófico que siempre ponía en sus modismos, muletillas y frases de cajón, a los pocos minutos relacionó lo que le había contado con un pasaje de su vida o de la de quienes conocía. Comenzó hablándome de la suya, de la necesidad de prescindir de la inocencia para que no sucedieran engaños como el que hubo contra la mulata. Me aseguró, no sin antes cerciorarse de que me había convencido de lo de los engaños, que hay vidas que están marcadas por ciertos nombres, y me contó la historia de Leonardo y Johan, amigos suyos de la universidad que se habían conocido de niños y se habían hecho pareja a los trece siendo la más estable que ella hubiese llegado a conocer. Me habló de esa Carolina amiga suya que siempre se había involucrado con hombres que se llamaban David y ya sumaba más de seis.

Ese rostro, ahora tranquilo y pálido, me contó que algunos años atrás, antes de que nos conociéramos, la habían cambiado por alguien que para ella no significaba ni una digna competencia, y que eso le había dolido más. Ella, tan delgada, bonita, emprendedora y en otrora excluyente, un día fue cambiada por una más gordita y andariega, una morena con facciones indias que la superaba al parecer en experiencia porque aún en edad ella seguía siendo mayor.

Nos olvidamos de la mulata y así como llegó se marchó entre un gimoteo lastimero y el consuelo odioso de su amiga del que no fuimos testigos. Pedimos la cuenta y nos retiramos.

Al dirigirnos al parqueadero continuó con el tema. –No obstante me siento tranquila, por muy triste y vacía que haya sido mi vida- opinión con la que yo en nada estaba de acuerdo -al menos seguí siendo una mujer sana y salva, a quién no le han amenazado ese tipo de catástrofes autodestructivas como la de la mulata del restaurante. No llegué a ser la bacterióloga más famosa del instituto ni a dirigirlo, quizá sea una mujer a la que nadie más que tú recordarás, pero espero ser una mujer salva y tranquila, ciertamente es mucho más de lo que se podrá decir de todas esas estrellas que por estos días han muerto en medio de la opulencia, el consumo y la soledad-.

Camila no había tenido una vida muy complicada aunque creyese que cada pérdida cotidiana de la infancia había generado en ella un obstáculo irreparable, sin embargo, historias como la de la mujer del restaurante cocían en ella ese tipo de reflexiones sobre los placeres sencillos por las que yo tanto disfrutaba de su compañía.

…códigos para un obtuso…   Leave a comment

Siete menos cuatro. Juliana llamando. Un gato con unos audífonos gigantes acompañaba el anuncio y se agitaba en la pantalla de mi teléfono.

– Hola, ¿cómo amaneces?

-¿Llegaste? Te tengo una sorpresa.

-¿Una sorpresa? Rico, dale, ¿qué es?

-¡Taraan!-, cortó la llamada y apareció desde atrás de la división de madera, su cubículo estaba contiguo al mío.

-¿Lo notas? Lo pensé mucho pero al fin me decidí, dime que te gusta.

-Eh…-estaba confundido, para mí era la misma mujer que la tarde anterior se había bajado de mi carro a unas cuadras de mi casa, parece que la vida se empeñaba en ponernos juntos, la compañera de trabajo que alguna vez en la última semana me había advertido que llegaría a la oficina con algo nuevo. –Sí – respondí inseguro – Es una linda chaqueta-.

– No, mira bien – me dijo con una sonrisa infantil al tiempo que se llevaba las manos a la cintura –Esta chaqueta me la puse ayer, cretino-

Juliana tenía esa forma sexy de vivir que tienen las personas que son buenas en lo que hacen.

-Por eso, y ayer pasé por alto decirte que te queda muy bien.

Su gesto se hizo duro, me miró displicente y se dio media vuelta, entonces advertí que su zapatos eran diferentes, llevaba unos tacones carmín que a mi juicio serían de unos treinta centímetros o más. La tomé por el hombro.

-Espera, me parece un bonito color- le dije al tiempo que me le ponía de frente obstruyéndole la salida de mi pequeña estación de trabajo. Tan apretado como excitante resultaba estar dentro de mí aparente oficina y verla con esos tacones aunque fuera bajo el copioso uniforme de la empresa, una falda estrecha que a simple vista iba casi hasta los tobillos, y bueno, aunque a mí me parecieran todos sus zapatos iguales.  –Me gusta, bastante, podría acostumbrarme-.

Entre Juliana y yo no pasaba mucho, para mí se trataba de una extraña tensión de risas, miradas cómplices y llamadas absurdas y habituales del tipo –deja quieto ese pie que vas a tumbar la división-. La empresa nos prohibía hacernos visita pero no hablar por teléfono, políticas.

-Me gusta tu olor, pero hazte a un lado, son las siete con tres. ¿Quieres almorzar?

Asentí. Me moví lentamente y me apoyé contra el escritorio,  la miré beligerante y la imaginé debajo del uniforme mientras golpeaba mi pulgar contra el borde de la silla, una extraña costumbre para los nervios.

-Seguro- le dije levantando la mirada de los tacones -te llamo a las doce. Buena mañana-

Se fue con una sonrisa en el rostro, su trabajo escogiendo unos deliciosos tacones había tenido efecto en mí y se lo hice saber. Probablemente al medio día me contaría la odisea para elegirlos y sobre las mil opiniones que había pedido para finalmente escoger aquellos que la hacían sentir más elegante pero cómoda, fresca pero formal, mujeres.

Me acomodé en la rustica silla de resortes descollantes y maltratadores que me habían asignado desde el primer día y prendí la computadora desprevenido, entonces todo tomó sentido. La noche anterior mi compañera había cambiado el papel tapiz del escritorio, una bonita fotografía nuestra del fin de semana pasado nos mostraba en un sitio de moda, algún antro mal decorado con precios elevados de los que yo poco disfrutaba pero que a ella le encantaban. Sosteníamos una cerveza y reíamos descuidadamente mientras Pablo se asomaba por encima de nuestras cabezas.

-¡Mierda!- la noche anterior Juliana llevaba el cabello rubio y hoy era notablemente oscuro y más corto. Por suerte cuando me preguntan suelo describir las cosas por los colores que tienen y no por lo que son, hombres.

…de zarpazos y balazos…   Leave a comment

 

En su bolsillo no había más que tres monedas y un chocolate que favorecido por el inclemente clima aún conservaba su forma original, al menos eso anunciaba el contacto minucioso y pendenciero de su mano derecha que de principio quiso hallar algo que más que los escuetos y devaluados metales. La noche había sido rauda y habitual, fugaz entre amarettos y cervezas importadas de extraños colores, texturas y recipientes, había transcurrido de prisa junto al olor del cabello de Viviana y sus tan esquivas como sutiles muestras de afecto. Hacia frio y en la avenida nada más uno que otro carro anunciaba el arribo presuroso de la madrugada en una ciudad que no tomaba mucho en desperezarse. Cerca de dos horas caminando no se hacían un problema, al menos había quedado como un galán con ella, como casi siempre, la había recogido y habían caminado <<para contemplar las estrellas>> unos diez minutos hasta el bar de Blasto, un amigo de ambos que se regocijaba en las venturosas noches de viernes duplicando el precio de todos los licores. Dos amarettos para empezar, era el trago favorito de Viviana, fuertes y en seco, como les gustaba a ambos, ella un tanto más divertida que de costumbre atinaba entonces a acariciar su mano y juguetear con sus uñas en medio los lánguidos dedos de su acompañante, un proceder casi rutinario después del primer trago en ella, en seguida él acechaba hablándole cerca, diciéndole lo bien que se veía como en cada ocasión y aventando cuanta palabra de amor la vida le había dado la oportunidad de detenerse a recoger de telenovelas, libros o familiares; ella en cambio, esquiva como siempre le desviaba la mirada y tan solo parecía centrar su atención en él a sorbos secos como los del amaretto para contemplar de frente esa piel morena y curtida que le hablaba de paraísos y exclusividades. Así se iban las citas, entre zarpazos en busca de besos, caricias de acá y jugueteos de allá, entonces pasaban las horas después de la media noche y la gente abandonaba, ellos, amigos del dueño, lo hacían al final para abordar un taxi, Daniel pretextaba no llevar uno de sus dos carros porque con ella prefería beber que manejar. El ritual de despedida era el mismo entonces, llegar a la casa de Viviana, esperar que descendiera y entrara para pedir al taxista que lo dejara en la siguiente esquina y empezar a andar. Como en otras ocasiones, Daniel había gastado lo de la quincena en tragos finos y sutilezas despectivas, con una doncella fluorescente que lo mismo podía saber de cómo convertir la paja en oro que de lo que significaba vivir ciento cincuenta cuadras al sur de su domicilio. Se habían conocido en el bar de Blasto, ella siendo una princesa acomodada y el pasándose por príncipe con la complicidad del dueño del establecimiento, los jueves de poesía fueron la excusa en un principio, después los viernes de música en vivo, así se fueron dando las cosas.

Llevaba tiempo caminando, serían las cinco calculó; por suerte se trataba de una zona segura y pronto llegaría a la única avenida con servicio público en todo el norte de la ciudad, allí tendría que esperar cerca de media hora y al fin los mil doscientos pesos del bolsillo derecho le serian más que útiles, cerca de cuatro horas después de descender del taxi estaría en su casa, dormiría un rato, se ducharía y a trabajar, pero mientras todo esto pasaba habría que seguir caminando.

-Calle noventa- se dijo entre dientes al contemplar el centro comercial de paredes azules a su derecha, siempre había creído que allí en verdad comenzaba la ciudad y que ir más allá requería hacerse con un equipaje corto que por lo menos supliera las necesidades alimenticias. Al cabo de cinco minutos estaría en la ochenta, sacó entonces el chocolate y lo digirió a dos bocados, lo había comprado para Viviana pero esa noche se arrepintió de dárselo después de que esta hiciera un comentario en tono burlesco acerca de los vendedores de dulces en los buses.

Su paso era pausado y adolorido, palidecía y tenía unas grandes ojeras, era algo natural con una noche de trasnocho, se le notaba lo farreado; al contemplarlo de frente daba la impresión de ser un enfermo terminal, de seguro por eso la poca gente que llegó a cruzar en el camino le esquivó la mirada al pasarle cerca; tan solo un par de hombres si se atrevieron a verle a los ojos, le descubrieron el cansancio abalanzándosele de forma estrepitosa y sagaz, -la plata o te morís- dijo uno de ellos, sujetándolo por el brazo mientras el otro le irrumpía con un arma de fuego en el pecho  –me muero, ya no importa-  dijo en medio broma y algo adormecido, el cansancio hacia su efecto y no fue consciente de la situación hasta percatarse del arma que empuñaba el mas alto. Todo fue rápido, Daniel sacó las únicas tres monedas que lo acompañaban y se las dio a quien lo sujetaba, eran grandes y grotescos de aspecto y estaban vestidos con el uniforme de alguna de las empresas de servicios públicos de la ciudad, quien le recibió el dinero cogió las monedas y se las tiró en la cara, en seguida de una zancadilla Daniel estuvo en el piso donde comenzaron a patearle el rostro y el abdomen en la desolada acera. Los carros pasaban por el lugar a mas de cien y de seguro los que vieron la escena también vieron el arma en la mano derecha de uno de ellos.

– ¿No más?- dijo el único que había hablado hasta entonces- esto no vale ni los golpes en su hijueputa cara-. Ahora vamos a irnos y acá no pasó nada, no nos quiera mirar o se lleva su pepazo, si nos sigue, si le dice a alguien, si grita, si respira, si piensa me devuelvo y me lo llevo cabrón.

Todo esto lo decía el hombre que de principio lo sujetó, el otro, algo parco y retraído solo miraba y sostenía el arma indiferente, con al cañón hacia el suelo, desde luego había participado en la golpiza pero no pronunció ninguna palabra. Quien estaba sobre Daniel se levantó presto y ambos empezaron a caminar hacia el norte apresuradamente, casi corriendo. Daniel, aturdido y sin poder ver muy bien por la sangre que le caía en los ojos en cuanto los sintió lejos se quiso poner de pie, aún no se había incorporado totalmente cuando a través de sus ojos lagrimosos percibió una mancha oscura y amenazante, una sombra que en un parpadeo no estuvo más, fue entonces cuando sintió el abrazo desde la espalda y una voz grave que al oído derecho le decía –¿le dije o no, gomelo? A mí no me gusta repetir-. Lo que pasó después sonó en seco y no tuvo testigos, fue certero como los amarettos o las miradas displicentes de Viviana, un solo estruendo que se hizo perforación en la espalda de Daniel. Después de que el sujeto saliera corriendo Daniel empezó a caminar para buscar ayuda, se lanzó a los carros de la autopista y ninguno se paró a su señal, dio unos cuantos trancos y se desplomó, fue ahí cuando alguien se detuvo a auxiliarlo.

El balazo según dijeron los médicos ingresó por la zona medular y quedó alojado a la altura de la decima vertebra dorsal. Daniel tuvo una cirugía de cuatro horas en la que le extrajeron la bala y estuvo en el hospital diez, veinte o mil quinientos días, no lo sabe pero fueron eternos, en estos no hizo más que esperar alguna reacción en sus piernas, la reacción, al igual que alguna señal de vida de parte de Viviana, nunca llegó.

Daniel ya no trabaja y ahora depende de su madre para casi todo, llora todas las noches cuando cree que los demás duermen y pide a Dios que acabe pronto con su vida después de blasfemarle y cuestionarle por su suerte.

Para Viviana Daniel no existe más desde esa noche en que lo despidió al descender del taxi, Blasto le informó de la situación de su acompañante ocasional y solo se lamentó lastimeramente, se lamentó mas por enterarse que Daniel tenía tres estratos menos que ella y por saber que en verdad no era jefe de asuntos jurídicos sino secretario de dicha oficina que por su invalides, le dolió más sentirse engañada; ya no habrían con él más quincenas despilfarradas ni amarettos, ahora sus bolsillos estarían de seguro demasiado rotos y ni con ellos, ni con sus piernas ornamentales o sus promesas paradisiacas compraría siquiera un tanto de todo ese amor negligente que ella tenía por ofrecer

Publicado 8 octubre, 2009 por jonathanbrausinp en ...registros...

…pócimas…   2 comments

 

¡Ah! Que nauseabunda noche de viernes, que puta madrugada de sábado.

¡Ah! Es que todo tiene un sentido tan mío, tan tuyo. Bien, ya sabíamos nosotros que tarde o temprano pasaría, y prometimos no dejarnos afectar ¿recuerdas? Pues bien, ahora me doy cuenta que no pudiste. ¡Já! Con ese nadadito de perro. Bueno, mi vida también está en el caos, y quizá lo primero que haga después de publicar esto sea buscarla y desbaratar todo. ¿Quién da más? Dice una buena amiga por estos días, pues bien, yo no soy, yo no doy por mi ni por nadie.

Doy más por Tomás, el que no improvisa, que es un rabón, misógino, odiado,  dañado, profano. Tomás, el mejor y el dueño de este pedacito:

 

Tuvo que pasar algún tiempo antes de que los encuentros se volvieran habituales de nuevo, hasta entonces solo supe que al recién nacido lo habían llamado Jesús o Valeria. Jamás le vi después de que naciera; lo cierto es que compartíamos en numerosas ocasiones la misma cama los tres, y le sentía tan cerca, como haciéndole daño, pero para entonces no me importaba, después de todo a ella, un tanto mayor que yo y también menos responsable le encantaban nuestros encuentros pasionales, aún en su estado, éramos tres cuerpos normales, de esos que sienten, que padecen y se enferman. Un Tomás, una Claudia y un Jesús o una Valeria en el mismo orgasmo.

Ese día, un par de meses después supe cual había sido su nombre. Era martes o jueves y se hacía lentamente de noche, no éramos más que un par de cuerpos exhaustos y desnudos, que se miraban con recelo, con ganas de hacerse daño.

-Estás desbaratando mi vida de a poco y un día de estos uno de los dos va a terminar bien muerto- fue lo primero que me dijo.

Yo, impávido, feliz, grotesco e indefenso –siempre he creído que nadie está más inerme en la vida que después de un orgasmo- solo miraba por la ventana a través de su cuerpo.

– Mírame cuando te esté hablando- me dijo levantando la voz

– Lo hago- respondí

– Me tomas por una idiota, siempre lo haces- me dijo al tiempo que se sentaba al borde de la cama.

Era hermosa, delgada y serena de cuerpo, los partos no habían dejado huella en esa piel morena ni en la forma de su figura. No dijo nada más por unos cinco minutos, buscó algo en el bolso pero no lo halló; mientras tanto yo solo cambiaba canales sin rumbo, y bueno, la oferta no era amplia: noticias – porno – porno – música – porno, y así.

-No sé ni porque lo sigo haciendo, ya no eres el de antes, Tomás. –irrumpió de nuevo- Esa tal, bueno, esa zorra no hace más que exprimirte, no te deja tiempo para mi, ni siquiera para que un día como hoy recuerdes traer los cigarros. Estoy harta.

-Yo más, Claudia, eres buena pero como bien lo has dicho: alguien va a terminar mal; espero no ser yo.

-Siempre piensas en ti, no tienes corazón, el mismo patán, no entiendo cómo es que ella te soporta – me dijo al tiempo que alargaba su mano a mi cara; me sujetó fuerte y quiso hundir sus largas uñas en mi rostro – eres lo peor que me ha pasado.

-Te odio- le dije

-Yo más- respondió sin un atisbo de pudor en los labios.

Se tiró entonces de regreso a la cama, encima mío, me ardía el rostro y lo notó por mi expresión, me besó y de nuevo sus manos pasaron por mi cuerpo, ahí estábamos como en cada cita, discutiendo, odiándonos, amándonos, ella en casa de su madre, yo en clase de financiera; el mismo par de intransigentes: la señora de la casa y el novio modelo, el que le propuso matrimonio a Milena el domingo.

 

Publicado 13 junio, 2009 por jonathanbrausinp en ...registros...

…el jardín de los recuerdos…   Leave a comment

 

Para empezar ni Tomás debieron llamarme pues me hubiera gustado Miguel. Tengo las contradicciones puestas en los genes. Un papá militar y seis semestres de una carrera de humanidades, mi madre es casi analfabeta y ambos padres de esta son abogados de profesión, jamás me bautizaron e irónicamente tuve que ir a la iglesia cada domingo con mis abuelos casi hasta los quince. Soy Tomás, de la ficción de un desocupado, una ficción de catacarpio como diría él y tengo la extraña necesidad de renombrar historias ajenas.

Margarita, la dueña de una vida rutinaria y amarga, madre y esposa, la que a los dieciséis era ama de casa y a los treinta y cinco gustaba de ir al cine o al concierto de turno conmigo, si, también de contradicciones certeras como las mías que a los doce después de estudiar trabajaba vendiendo arepas con mi mamá en la calle y a los veinticuatro descaramente me podía declarar como todo un mantenido. ¡Ah!, Margarita es una historia larga que sucede cuando yo tengo el descontrol de dos carreras a medias y un padre que en su generosidad de  época de guerra me gira lo suficiente.

La última vez que la vi tenía una sonrisa casi desencajada y picara, ese día extrañamente vi la muerte en sus ojos y tuve la necesidad de llorar a escondidas antes de decirle que nos veríamos mañana y que todo nos saldría bien. Sus dolores se hacían más recurrentes pero eso no le impedía intentar alegrarme el día, sus comentarios los mismos – ¿Y si te extraño lo suficiente como para dejar todo atrás?- decía en medio de risas – ¿Y si un día de estos Migue (Migue, casi como me hubiera gustado llamarme) se da cuenta de todo esto y quiere matarnos a ambos? Jamás la volví a ver y su astucia fue tan sorprendente que no dejó rastro alguno, sencillamente don Migue Medina y su esposa con sus ahora cuatro hijos se fueron a vivir lejos de la ciudad.

¡Ah! Margarita tenía una panza enorme como de trillizos y lo único que sabíamos era que se había gestado en una de esas reconciliaciones majestuosas que solíamos tener después de una pelea que a lo sumo nos duraba tres días y que siempre tenía el mismo común denominador, que ella estuviera casada y ya tuviera tres hijos, que fuera cerca de once años mayor a mí y que aún así no solo nos amaramos furtivamente sino que me mantenía cuando los giros de –papi- no alcanzaban para mis excentricidades.  

El mensaje más bello de toda mi existencia lo recibí la mañana siguiente y me anunciaba un regalo “¡Imagínate!, vamos a tener una Violeta, estoy muy emocionada y muy feliz. Te amo. Sé que será la mujer más bella del mundo (esa que siempre has soñado), delgada y altiva como nosotros, tendrá que ser toda una dama y sacar un poco de mi carácter, si, porque acéptalo, eres todo un huraño, ja, ja, te quiero”. Ese mensaje fue el final de aquella época extraña, la que quizá deba decir fue la más feliz de mis escasos veintitantos años, no era tener dinero sin esfuerzo o sentirse amado por la mujer de algún Migue, sencillamente era este mundo de contradicciones donde mi primera hija nacía en el vientre de un frondoso matrimonio de más de diez años. Las cosas con ella fueron siempre de revés, nuestro primer beso tuvo lugar un día cualquiera en el sexto mes de embarazo del último hijo que tuvo antes de nuestra Violeta; todo sucedió así, velado, paradójico, esquivo, perspicaz, desde nuestras primeras citas en el parque de un barrio distante hasta el momento en el que el portero de mi edificio le decía –la señora del 201-.

¡Ah! Margarita me envió el mensaje más bello del mundo pero después del parto todo fue distinto, quiso retomar su hogar, desde luego, con su nueva hija como motivo, la mía, la que ahora lleva el apellido de Migue y que crece junto a sus cuasi-hermanos en algún rincón del Quindío, el lugar más seguro del mundo según Margarita y en donde quizá jamás pueda llegar a hallar a ese, mi par de flores, a una Margarita que me enamoró haciéndome el hombre más intransigente del mundo y a mi Violeta, la que desde luego será la mujer más bella del mundo.  

Publicado 18 abril, 2009 por jonathanbrausinp en ...registros...

…indispensable…   1 comment

 

Claudia no existe, jamás va a existir en la forma en que yo quiero que lo haga. Ese día María estaba aburrida de mi actitud, de mis inmadureces y mis crisis de post-adolescente extraviado, prejuicios y sandeces que paradójicamente me hacían acercarme cada día más a Claudia y parecerle más, más (…) una de esas palabras que está entre la triada de lo atractivo, lo tierno y lo curioso; y yo aburrido de María, de sus pletóricas y platónicas ganas de que nos amemos hasta el final de esta vida y de la otra, me encontraba frustrado, de que ella no fuera Claudia, de que de ella no anhelara con la misma devoción una mirada o un beso. Y yo aburrido de no haber nacido diez años antes, de no haber conocido a Claudia en su época de rebeldía y desenfreno, aburrido de que María no fuera Claudia con diez años menos; tengo que aceptarlo, la extrañaba, extrañaba no haberla tenido jamás y como alguna vez leí por ahí ese día mas que nunca tuve la sensación de haberme equivocado de época al nacer, y sé que ella también tiene esa extraña sensación desde que me conoció, en cierta ocasión mientras esperábamos el bus y después de muchas conversaciones fútiles llegamos concluir que era muy probable el habernos conocido en otra vida, tal vez en una por venir. Y yo envidiando su tranquilidad modesta, su felicidad ingenua, la que me muestra en sus historias de madre, de esposa conformista; envidio la transparencia de sus sueños y lo humilde de su proceder, envidio a quien la hace feliz pero entiendo que sin él jamás la hubiese conocido tan segura de sí y por tanto nunca la hubiera querido. 

Ese día por primera vez sentí la ira de María en sus ojos y en sus palabras –ándate a la mierda con tus putas confusiones- me dijo y se marchó. No quise detenerla, lo único que quería era tener a Claudia cerca, para su consuelo de madre, como me dijo Diego en cierta ocasión –Esa cucha a usted lo trae mal es porque le lidia las niñerías-, el mayor de sus hijos es casi de mi edad. Pedí una cerveza más, la llamé, -Claudia, soy yo, Tomás. ¿Puedes hablar?- -Ahora no- respondió, y me tiró el teléfono. No recuerdo muy bien como llegué a casa esa madrugada, quizás haya llamado a Diego para que me recogiera, lo cierto es que no es la primera vez que me embriago por Claudia y el aliciente es siempre el mismo, su talante. Nuestros encuentros en público incitan su actitud displicente, sus miradas esquivas y en privado sus secretos, mis miedos, sus risas. La tengo clavada de día y de noche y no puedo evitar seguirla, sus besos furtivos en los pasillos oscuros de la oficina, sus esporádicos arrebatos apasionados o el aturdimiento de su descuido.

Diego acaba de llamarme, me tiene unas amigas, supone que estoy así por terminar con María, se equivoca, de ella poco o nada extraño y por suerte sus anhelos de nuestra familia feliz jamás se llevaron a cabo; no voy, le miento, prefiero seguir encerrado entre nominas y consignaciones. Prefiero esta soledad parsimoniosa y ruin que a veces me deprime y me hace aceptar los planes orgiásticos de mis amigos, la prefiero sobre la mirada insidiosa de una media mujer que se sienta mi dueña, como si hubiera comprado un juguete, prefiero ser el amante y el medio dueño de una mujer plena, segura, abierta y desde luego, difícil, como me gustan.

 

Publicado 18 febrero, 2009 por jonathanbrausinp en ...registros...