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La tentación de Antonia   Leave a comment

Tercer martes de julio y Antonia demoraba su arribo a casa por segunda vez, ahora con ocasión de uno de los variados eventos sociales de su oficina. David, quien no era reconocido por su espíritu social y fiestero, optó por esperarla en casa y sugerirle un servicio de transporte privado para el regreso, su única alternativa, pues en ningún momento de la escueta llamada fue invitado.

—Amor, voy al cumpleaños de Edna, saca un rato a Doctor al parque y pasea con él unos veinte minutos. No me esperes despierto.

El sonido del teléfono lo trajo de regreso de las cavilaciones con las que solía ver el noticiero de la noche: las repercusiones económicas de la invasión a Irak, la muerte de un dictador de este o del otro lado del mundo y el alza del dólar le habían hecho concluir que la importación de telas sería un buen mercado en los próximos años. En cuanto colgó con Antonia buscó su agenda y apuntó en una página en blanco las palabras “telas-llamar-sábanas”. Al final de la página anterior se mostraba otra frase escrita exactamente diez días atrás: “autos-depresiones-accidentes en diciembre”.

Se alistó para salir. Llamó a Doctor. Desde los primeros meses se había esforzado porque el perro reconociera su característico silbido y ahora, siete años más tarde, uno solo era suficiente para que el labrador chocolate corriera a su encuentro desde el patio de la casa. Recordaba haber elegido el adusto nombre una noche en la que tomaba un par de cervezas con Antonia, y pensaban dónde instalarlo dentro del modesto apartamento que ella habitaba por entonces, un arrebato infantil al que no encontró oposición. Todavía eran novios.

—Seguramente se imagina que hay un banquete —pensó David en voz alta al tiempo que depositaba las llaves en el bolsillo, pero cuando el perro vio la pelota en la mano del amo se alistó junto a la puerta.

Como no tenía afán y saldrían al parque del condominio, a dos manzanas de la casa, prefirió dejar el collar. El paseo demoró unos cuarenta minutos hasta que Doctor vino a echarse a sus pies y perdió interés en la pelota, por la que tuvo que ir David hasta los columpios donde un par de gemelas de unos diez años discutían sobre cuál de las dos tenía el balanceo más brusco. Al inclinarse a recogerla no pudo evitar notar que el título se lo llevaba la de la izquierda, su lado favorito.

De regreso entraron al supermercado, compró dos panes y una bebida a base de canela. En el camino, de manera displicente, iba poniendo en el hocico de Doctor pedazos de pan a medida que andaban. En ese instante pasó por su cabeza que en los cuarenta minutos de paseo había interactuado más con el perro que con Antonia en lo que iba de la semana.

Era su segunda semana de vacaciones, esa noche el período alcanzaba su mitad exacta y lo sabía. Desde niño, había aprendido a contarlo todo: los pedazos de salchicha que su madre le servía en el plato, sus pares de zapatos, el número de horas que estudiaba cada semana en la biblioteca siendo estudiante universitario y últimamente los días que le restaban para volver a la rutina. La extrañaba.

Diseñador industrial de profesión, para distraer su ánimo en vacaciones había regresado al club de ajedrez abandonado años atrás; tomaba dos cursos de una hora todas las tardes y recordaba varias de las aperturas que en la adolescencia dominaba a la perfección.

Al volver del parque, David estaba decidido a pasar las horas con un rompecabezas que había encontrado en un baúl mientras arreglaba un poco sus instrumentos de dibujo, se trataba del regalo de su jefe en su último cumpleaños: La tentación de san Antonio de Salvador Dalí, una réplica de 1500 fichas plastificadas que sin duda encajarían delicadamente. Despachó al perro y se encerró en el estudio en el que por la tarde había despejado premeditadamente el amplio escritorio.

Antonia volvió y lo encontró despierto todavía; se sorprendió al verlo desde la sala encerrado y dando vuelta a las fichas de un rompecabezas que ignoraba que tuviera en casa e imaginó que lo había comprado al volver del curso esa tarde. Sin embargo, no tuvo ánimo de preguntarle su procedencia. Lo saludó en la distancia y lo invitó a no quedarse mucho tiempo más, estaba cansada y se iría a dormir. Minutos más tarde, en el cuarto, cuando David removió un poco la cama al sentarse, Antonia prefirió hacerse la dormida y él lo notó. Esa noche decidió poner todas las fichas con el diseño hacia arriba y agruparlas por colores, las dejó de ese modo al cerrar el estudio.

A la mañana siguiente, David preguntó a Antonia cómo había estado todo y ella concisamente respondió que habían ido a un restaurante italiano.

David había aprendido desde niño que las cosas, sin importar de qué tipo, se hacían un paso a la vez. Tres noches después, viernes, retomó el rompecabezas. Allí, contemplando las fichas y sus múltiples variaciones de grises y añil, escogió buscar las esquinas y los bordes, juntándolos sin atreverse a encajarlos. Después repasó lo aprendido en su clase con la lectura de las fotocopias que les habían entregado en la sesión a los asistentes. Esa tarde, mientras volvía del curso, Antonia le había avisado con un mensaje de texto que se demoraría porque tenía mucho trabajo y prometía reponerle el tiempo perdido en las últimas noches el fin de semana. Más tarde, cuando se cansó de leer y esperándola todavía despierto, David contó todas las fichas del rompecabezas por decenas, le pareció que una faltaba, pero al final se dijo que más adelante rectificaría su cuenta. Se fue a dormir sin que ella llegara.

Jefe de servicios en la Unidad de Cuidados Intensivos, Antonia había tenido una carrera de ascenso meritorio en los primeros años. Sin embargo, llevaba tres con el mismo cargo y esto la ofuscaba, solía hablarle a David de lo frustrada que se sentía, de su necesidad de nuevos retos, de ese estancamiento del que creía que nunca iba a salir. Nunca y siempre hacían parte de sus palabras favoritas:

—Es que tú y yo nunca vamos a ningún lugar divertido, siempre los mismos restaurantes elegantes, me aburren.

—Es que Jaime —su jefe— nunca ha querido escuchar mis ideas de mejora para el hospital, y tú tampoco —solía decirle a David mientras desayunaban, si amanecía de mal humor.

Desde niña fue el centro de atracción, a pesar de ser la mayor de tres hermanas y de haberse ausentado desde muy joven de casa para ir a estudiar al exterior; sin embargo, en todas las reuniones familiares era costumbre que ella fuera el tema de conversación, circunstancia a la que contribuían su desparpajo, belleza y prodigioso juicio para los asuntos académicos.

David, por su parte, había sido un solitario, siempre dentro del promedio de su círculo social. Los buenos ingresos de su padre le habían abierto de niño un camino en la sociedad con pago de profesores particulares, educación en el mejor colegio y, con algo de esfuerzo, en la mejor universidad de la ciudad. Ahora, años después, solía decirse que lo único que le quedaba de ello era un buen cargo, una calvicie incipiente antes de cumplir cuarenta y una leve cojera que lo hacía ladearse hacia el lado izquierdo, adquirida cuatro años atrás en un accidente en bicicleta por el que lo sometieron a dos cirugías.

El fin de semana lo apuraron entre visitas a los padres de ambos, llevar el perro al veterinario y hacer mercado, no hubo recompensa para David y fue la primera vez que Antonia le habló de una nueva doctora a su cargo con la que decía entenderse muy bien. Pocas habían sido las ocasiones en las que le notara tal entusiasmo por algo que se relacionara con su trabajo.

Había reparado en las primeras ausencias de ella desde la fecha de su cumpleaños, ese seis de abril Antonia llegó afanada y retrasada, en cuentas de él, diecisiete minutos, a un evento sorpresa organizado por la hermana de David y sus sobrinos. Allí empezó a convencerse de que ella lo creía poco perspicaz. Con una mentira piadosa pero demasiado obvia el esposo sintió ofendida su inteligencia, cuando al saludarlo ella le indicó que llevaba veinte minutos encerrada en el baño del lugar y que recién una empleada la había escuchado para abrirle la puerta. Al final decidió benevolentemente pasarlo por alto por tratarse de una celebración.

Los meses de mayo a julio tuvieron el aire festivo de los planes vacacionales, pero finalmente se habían ido al traste porque el hospital atravesaba ahora por un período de reestructuración que le impediría a ella pensar siquiera en alejarse de la ciudad. Después de esa noticia, el aire de los días se tornó rutinario en los silencios de Antonia.

El último miércoles de sus vacaciones, David se prometió terminar el rompecabezas. A lo largo de la semana había ido avanzando y poco a poco todo tomaba forma. Faltaba el cielo, unas cuatrocientas fichas que a simple vista parecían exactamente iguales. La tentación de san Antonio, pensaba, ¿qué tentaciones se representaría Dalí con el caballo gigante, los elefantes que parecían de ocho patas y las mujeres desnudas? Por otro lado, el enclenque Antonio que se defendía con una cruz de palo. ¿Podría alguien ignorar las tentaciones del mundo detrás del escuálido símbolo? Seis horas después se detuvo, casi terminaba, pero el cansancio lo vencía.

Antes de subir al cuarto pasó a la cocina por un vaso de agua, desde allí quiso tomar un poco de aire y abrió la puerta contigua que llevaba al patio. Doctor roncaba. En los primeros años de casado, Antonia recriminaba a ambos por ello, por supuesto al perro, lejos del área conyugal, poco le había importado.

Lavó el vaso en modo automático. Pensaba en lo feliz que debería ser aquel perro y en lo apacible de sus ronquidos como dueño del patio, envidiaba su libertad, desprendido de silencios incómodos o de comentarios condescendientes.

Al día siguiente retomó la labor, extrañamente, Antonia llegó dos horas antes de lo acostumbrado y, después de una cena rápida de microondas, se fue a leer un rato en la cama. Él prometió alcanzarla cuando terminara, labor a la que le calculaba unas dos horas, pero que en el último momento se le dificultó porque no encontraba una ficha. No podía creer que la hubiera extraviado e incrédulo buscó en las repisas del estudio y bajo todos los muebles de la sala; tampoco podía sospechar de Doctor, al que le había impedido acercarse, encerrándose por completo.

Rendido, volvió al cuarto. Antes de eso pasó la hoja del calendario de la sala, desde hacía una hora vivían en agosto.

Contó los ochenta y siete pasos en el regreso: treinta y ocho desde su escritorio hasta la escalera, que incluían una entrada fugaz a la cocina para revisar que la luz estuviese apagada, veintitrés escalones en ascenso, quince pasos a la entrada de la habitación, once para rodear el cuarto y llegar a su lado, el izquierdo, de la cama.

Subiendo por la escalera recordó que su agenda estaba en la mesa de noche, llevaba días sin usarla y la echaba de menos. En el cuarto, Antonia colgaba el teléfono presurosa, no lo había escuchado llegar y él fingió ignorarla entrando rutinariamente por la puerta, mirando al piso, como queriendo encontrar la pieza extraviada. Ella le dijo de inmediato que desde el día siguiente, o mejor, desde ese mismo día en la tarde, se ausentaría, de nuevo el famoso fin de semana del Comité Semestral de Hospitales Locales, en el que ella fungía como relatora. También dijo algo sobre el hecho de que le parecía increíble que ya hubiesen pasado seis meses; no tenía que ir a la oficina y hacia las cuatro de la tarde, Jaime, su jefe, pasaría por ella para llevarla al eterno evento.

David se sentó pesadamente en la cama, buscó la agenda en el cajón, la abrió donde estaba el lápiz que le servía como separador y repasó las frases escritas. La primera de la penúltima página, consignada allí unos cuatro meses atrás, decía “marzo y octubre, los meses del famoso comité semestral, no interrumpir fines de semana de Antonia”.

Se metió bajo las cobijas y le dio la espalda, había encontrado la última pieza de su rompecabezas.


*Texto publicado en la Antología 2016 de la Red de Escritura Creativa – RELATA como cuento representativo del Taller Literario José Félix Fuenmayor de la ciudad de Barranquilla – Colombia:
http://www.mincultura.gov.co/areas/artes/publicaciones/Documents/Antolog%C3%ADa_Relata_2016_PDF_Final.pdf

 

Publicado 12 enero, 2017 por jonathanbrausinp en Sin categoría

…los improperios de Judas…   Leave a comment

Se me ha ido la paciencia y cómo no, Jesús es como uno de esos líderes sobre los cuales uno no se explica cómo han llegado a donde están; que te da instrucciones que se contradicen con lo que ha dicho antes y que aun así espera que cumplas en el acto. Lo mismo pasa con algunos de los presidentes del Sandrin o con los recaudadores de impuestos, ¿cómo puede haber hombres de tan pocas cualidades con tanto protagonismo?, no importa, pudiendo elegir otro hombre, otras características, otra personalidad, el padre, dice el mismo Jesús, ha optado por él.

Ahora me pregunto cómo me convenció, yo, que bien podría haber llevado una vida corriente, tener una parcela, o ser artesano, pescador o agricultor, que fácilmente podría salir en las mañanas templadas al campo y volver en las tardes a disfrutar de la comida, a juntarme con mis amigos o a gozar de mi mujer; yo, que fácilmente podría haber optado por las labores que le son comunes a todos los hombres: tributar, descansar los sábados, reunirme con mi familia en las fiestas. Yo, que imaginaba de joven una vida apacible, opté por creerle a un loco.

Un loco que, según dice, vivió una profunda experiencia que le hizo descubrirse y encontrar su misión, donde conversó con dios, ¿cuál dios?, ¿se tratará acaso de mi mismo dios?

Y tampoco es que sea el primer hombre en querer reunir discípulos, ejércitos, allegados alrededor con misiones particulares, yo mismo debería tener mi propio combo. Pero me vine a reclutar con el presunto nuevo hijo de dios, sin duda que con los años llegarán otros que se van a querer autoproclamar de tal modo.

A pesar de sus ínfulas de grandeza, a veces se mostraba jocoso, en ocasiones era difícil reconocer si hablaba en serio, sobre todo cuando instruía sobre la voluntad del padre, ¿cuál padre?, ¿el suyo?, ¿José el carpintero? Hay que aceptarlo, un tipo normal con buen humor, por eso me comprometí con su teatro.

No importa, ya estando acá, se hace lo que se hace, porque uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y yo me comprometo, yo milito con todas las ganas. Me he vuelto el hombre detrás del hombre, y ya entrados en gastos me reafirma la idea de poner a temblar un poco a las instituciones, de ganar seguidores y ser popular por andar con Jesús. Es que este prestigio no se consigue en ningún otro lado, no por estos días.

Así pues, y ya estando adentro, cada uno cumple su función. A mí me ha tocado venderlo, por su orden directa, por línea de mando y estoy acatando, después de todo alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Entonces que me digan villano, traidor, codicioso, me considero lúcido después de todo, solo estoy cumpliendo con mi misión, me comprometo con las causas.

Y como cada uno tiene que hacer su parte, a mí no me ha tocado la más loable. Lo que hice es disciplina, sacrificio y hasta un acto de piedad.

Creo que es una buena oportunidad para salirme del grupo, para que tanta fanfarronería se acabe y buscar una vida de verdad. Hombres que andan detrás de un hombre que estrepitosamente predica valores que todos hemos conocido en casa: amor, respeto, tolerancia, abnegación, entrega, caridad; ¡por favor!

Y los otros, borregos, ¿acaso no se lo preguntan? siempre lo mismo, con esa falta de criterio, que maestro para acá y maestro para allá. ¿Por qué cada uno no puede interpretar las escrituras a su modo?, ¿por qué cada cuál no cumple la ley como la entiende?, ¿por qué tiene que haber una ley?, ¿por qué sostener con nuestros tributos al imperio?, ¿por qué unos pocos concentran las tierras y los cultivos y no los distribuyen entre mendigos y enfermos? Hoy me declaro en contra de los mesías, de los rabinos, de los sacerdotes y los prefectos.

He entendido que el padre se revela por sí mismo, que Jesús o cualquier otro no sirven más que a su propio ego y que los demás fuimos unos incautos. Pero ellos me critican, me acusan, quieren hacer justicia con sus manos, ¡zánganos que no entienden!, es que esto no se trata de ellos o de mí, ni siquiera de ese tal Jesús que no es más que un títere, una representación. Yo mismo tendré que ser reemplazado en eso de ser “pescador de hombres”.

¿Y ahora qué debería hacer?, ¿entregarme?, ¿por qué?, ¿acusado de qué?, ¿arrepentirme?, ni hablar. Mejor partir, mi conciencia está limpia; no contemplo la posibilidad del suicidio o de dañar a alguien más, sencillamente la de retirarme a llevar una vida como la de cualquier otro.

Después de todo, Jesús y yo no somos más que un par de judíos, él tan humano como yo, yo tan hijo de dios como él.

Publicado 28 febrero, 2016 por jonathanbrausinp en Sin categoría

…Elena, cine y café…   Leave a comment

Una noche cualquiera le escribo que no todo entre nosotros debe tener cara de pugna. Sin embargo sé que es un hecho coherente con esta experiencia, barranquillera, donde casi todo me sabe a rock, a resaca, a discusiones, a encuentros y desencuentros, a olvidos.

–Estoy confundida- me dice. Creo que, como me lo dijo un día Carolina, esa confusión a la larga no va a servir más que para el redescubrimiento, para que se formalicen sus planes y sea muy feliz con su familia promedio.

-Dímelo, dímelo- insisto yo con desespero frente a sus notorias evasivas ante mis preguntas sobre el futuro. Quiero llenar esos silencios de libros, de expectativas con ella, de poemas de Sabines donde se mande todo a la mierda o se hable del suicidio.

–No todo lo tenemos que hablar- me espeta indignada. Después me pasa las manos alrededor del cuello y simula ahorcarme con toda su fuerza como queriendo callarme para siempre.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad en esa mirada tan expresiva como displicente que te acompaña; -es que no me gusta la gente- me has dicho. Claro que no te gusta la gente, no hace falta que lo digas.

Recuerdo que lo más impactante para mí en ese momento fue descubrir que tenías una opinión tan formada sobre cine, tan certera y tan diametralmente opuesta a la mía. Me sorprendió para un gusto que por años he considerado de mis fuertes.

Mira que mujer tan inteligente y tan atractiva -le dije a Barranquilla- tiene cierta alegría/amargura costeña y al respecto nada le importa, intenta desbordar lo sensata y lo profesional en todos sus colores.

En buena parte de nuestros encuentros reinan los silencios, que de común acuerdo no tienen que ser incómodos. Silencios que huelen a su cabello y a sus preocupaciones, a sus “no debiste irte, debiste haber seguido a mi apartamento que la conversación estaba muy agradable” de algunos días; a los colores de todos sus mandalas.

Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, -¿cuánto es, señor, y por qué tan caro?-. Pasaban los días entre agradecimientos mutuos y buenas excusas para salir a caminar.

Después de mucho manifestarte que estaba completamente cómodo contigo, tú hiciste lo propio con la valentía que brinda una noche de cervezas. Vinieron los besos, los mordiscos, la carne que se estrella contra la carne. Dolor.

Hubo llanto, ha de llamarse culpa. Momento memorable para mí, Elena.

-Mira tanta humanidad en una misma noche-, le dije a Barranquilla.

Entre nosotros siempre hay películas, caminatas y discusiones tan obtusas como cotidianas; también preguntas dementes: ¿preferirías ser un pulpo o una estrella de mar?, ¿qué género musical te gustaría ser?, ¿y si tuvieras que ser una figura geométrica?

Tuve el acierto de dedicarte las canciones precisas, cosa que rara vez sucede, casi una diaria, muchas hablaban de lo nefasto de los domingos.

-No tengo nada que ofrecerte ni estoy en disposición de recibir, ahora mismo, nada de tu parte- repetías.

Antes o después de esa letanía hablábamos sobre la dificultad de encontrar a alguien con quien empates, con quien compartas muchos gustos y cuya personalidad no te genere problemas.

Que gusto pasar los fines de semana a su lado, que el plan surja de forma tan natural y que de esa forma natural cada uno encuentre la manera de irse sin ser despedido, pero sabiendo que estorba. Así como hay un dicho que reza que es mejor llegar a tiempo que ser invitado, debe haber alguno que aluda a que es mejor irse a tiempo que ser despedido.

Supongo que algunas desilusiones se ligan al hecho de que conoces a alguien demasiado, o a que hay cosas de esa persona que un día dejan de sorprenderte.

De su relación, la real, no tengo idea aunque a veces me ha ganado la curiosidad y he preguntado, otras veces solo imagino. De cualquier modo sé sobre ese alguien a quién quiero identificar como Minestrón y que es su pareja de toda la vida, he visto fotos de ambos en las redes sociales, es un tipo moreno aunque no tanto como a mí me habría gustado ser. Me pregunto si con él también lee.

Elena y yo leemos de vez en cuando, generalmente soy yo el que lee y ella la que escucha. Un fin de semana cualquiera en la primera noche me leyó un pequeño texto sobre el suicidio (tema apasionante) escrito por Milan Kundera; la segunda noche fue mi turno con un cuento de Murakami que la puso a dormir en la quinta página.

Imagino que a los dos nos cuesta trabajo expresar lo que sentimos, sin embargo especular se nos da y al final tocábamos todos los temas, sin mirarnos a los ojos, como hemos hecho con casi todo lo importante a lo largo de estos meses. Y nos creíamos dioses cuestionando la biblia, burlándonos de los horóscopos, derribando el capitalismo con sueños absurdos y haciendo premoniciones sobre nuestras horribles muertes.

-Me gustaría que alguien nos grabara, como en un reality show, para tiempo después vernos y reconocernos en lo trascendente, y absurdo, de nuestras conversaciones-, te decía.  

-Mira que ridículo es el amor-, le decía a Barranquilla.

Más de una vez nos hemos tomado del pelo haciendo un llamado al otro a que se “desmovilice”, esto es: que deje de mirar su teléfono por el tiempo que estamos compartiendo juntos. Ese fin de semana cualquiera la batalla la ganó ella, estuvo pendiente del teléfono los dos días, entiendo que alguien la estaba convidando a una fiesta, algo me contó, supongo que también conversaba con Minestrón

-Es que yo no tuve la intención de desaparecerme todo el fin de semana como tal vez tú sí- fue su respuesta a mi reclamo por su intensidad con el teléfono; ante lo cual no tuve nada más que decir.

Esa noche ya desde mi casa me ofrecí a terminar de leerle al teléfono (dejándole grabaciones) el texto de Murakami que la había abrazado en sueño la noche anterior, fue una idea que la entusiasmó.

Un día hace muy poco y sin que la viera venir llegó su despedida, que no se ha consumado pero que tiene las horas contadas. Las consecuencias para mí ya las imagino: soledad, aislamiento, amargura, deseos de volver a la zona de confort, escribir.

Después de eso es probable que venga la ilusión de conocer de nuevo a alguien, las conversaciones, la carrera por besarla, amarla y olvidarla.

Supongo yo que hasta el momento verla es lo que palía mi ansiedad bajo este cielo despejado y caluroso, a veces imagino que en los meses por venir será la verdadera prueba, el ostracismo absoluto y la nostalgia de los amigos. Y ahí haré memoria a estas memorias de nuestros fines de semana. Y haré memoria a los celadores de su edificio cuyos nombres desconozco pero que me saludan de forma tan efusiva.

Ahora mismo todo es una pugna, no tiene que ser, pero es como es.

Los juegos de cartas, enseñarte algunos tontos trucos. Notar como todo contigo sale naturalmente, tu sabor es el del cielo, el mío es de la oscuridad. No querer irse nunca, que suenen algunas canciones de trova desde el fondo de una habitación que nos ha visto más desnudos que con ropa.

Nuestros últimos encuentros han sido más parcos que el primer día que nos vimos. Uno de ellos se trató de una comida con muchas grasas saturadas y de palabras que no fluían en una conversación forzada llena de cotidianidades. Creo que a través de su teléfono agendaba una cita en su nuevo trabajo o alguna cena romántica, no me importa.

Después de unos días de silencio de tu parte y en el marco de un encuentro a medio planear, las palabras se me atoraron en la garganta. Minutos después de despedirnos te escribí algunos mensajes, “estoy triste” coincidimos en decirnos.

Que difíciles las despedidas, que fuertes que son, que fuerte lo que siento por vos. Tal vez nos merecemos un mejor recuerdo, Elena, gracias por todo el intercambio literario. Gracias por todo el intercambio vital.

-Me gané la lotería pero se me fue el boleto de las manos-, le dije a Barranquilla.

Viéndolo, creo que han sido más sinceros los intercambios a través de correo electrónico que esas últimas visitas que se han llenado de sus respuestas agónicas y de mis ladridos de “quédate, no te vayas, yo tampoco tengo nada para ofrecerte pero estará todo bien, bella Elena”. Se va apagando.

Cuarta, quinta o décima vez que lloro por una mujer.

Palabras al vacío, promesas que no se cumplen. Es mejor no despedirse.

La primera vez que te vi, Elena, tuve la sospecha de tu terquedad.

…decadencias…   Leave a comment

Una de mis primeras novias solía decir que yo escribía horrible, que me faltaba estilo, pero sobre todo estética. Tendrá razón hasta el fin de los tiempos.

Me acostumbro a caer en falsas modestias, a expresarme con ironía, a tener reflexiones absurdas sobre vicios que consumo y que me corroen. Últimamente caigo en torpes seguridades y en mil frustraciones relacionadas con la soledad, esa bella experiencia que conjura la independencia.

Algunos dicen que felicidad es recordar los momentos que ya no están, en este caso las visitas furtivas, los mensajes cifrados, escapar de la oficina, discusiones paradigmáticas, que las manos se tomen, un plan conjunto, los sentimientos y los resentimientos.

Supongo que felicidad también es tomar una decisión de todo o nada, donde el todo son tus hermanos y la nada la incertidumbre.

Hay soledades con nombres propios, en este caso soledad es María Belén antes de la media noche, es ese momento en que ella se baja del taxi y en el que reconozco que cuando la vuelva a ver ya no va a ser como antes. Soledad es esa promesa de vernos al día siguiente por última vez un par de horas antes del vuelo y es robar ese último beso de su boca antes de que descienda.

Soledad es ir el resto del trayecto taciturno y reconocer en el retrovisor que el taxista también se acongoja con esa falsa promesa.

Soledad es que de manera tan diplomática ella salga de tu vida.

Soledad es que cuando llegues a tu destino el taxista te desee un buen viaje.

Publicado 31 agosto, 2015 por jonathanbrausinp en Sin categoría

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…inadvertencias…   Leave a comment

Don Alucinante

-Te estoy esperando- dijo la voz al otro lado del teléfono, como una afirmación obvia, como si fuera un reclamo.

Me desplacé cerca de una cuadra en medio de luces y cientos de promociones navideñas por el pasillo comercial hasta que encontré la esquina que habíamos acordado, era un punto estratégico, luminoso y atiborrado de gente.

Lo primero que hice al llegar fue ojear rápidamente a todo el que se encontraba cerca, personas esperando que el semáforo cambiara de luz o que quizá como ella esperaban a alguien, habrían cerca de treinta personajes y entre los que se encontraban en el límite entre la acera y el asfalto creí reconocerla, era más alta de lo que entendía y el día parecía no haberle ido muy bien, dándome la espalda tenía una expresión molesta, las manos en la cintura y la espalda vejada.

Me acerqué entonces –que le vamos a hacer…

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Publicado 21 abril, 2015 por jonathanbrausinp en Sin categoría

…anonimatos…   Leave a comment

 …Tengo que hacer un escrito que contenga una hipótesis sostenible, deducciones, evidencias y conclusiones en menos de doscientas palabras. Sí, mi profesor de inglés es un tanto optimista, de cualquier forma lo haré más tarde, por ahora, y antes de volver con las hipótesis, me quedo con las sandeces y las simplezas de este blog que cada vez está más sucio y abandonado…

-Tomás, no está bien que veas conversaciones ajenas- me dijo al tiempo que advertía que el foco de mis ojos se desprendía por un momento del contacto con los suyos y se deslizaba etéreamente por la boca resplandeciente de la mujer sentada tres mesas adelante. -Es una costumbre apática que, bien sabes, no te ha traído más que problemas– continuó diciendo -aún me veo llevándote comida a la estación policial la última vez que tu maña fue percatada por los tipos de esa mesa en el juego de póker– concluyó.

La mujer que estaba a tres mesas era una mulata grande y afanosa, supuse que sería de algún municipio del Caribe de donde he conocido a muchas como ella, con esa alegría eterna y sensual. Sentada mostraba un cuerpo robusto de brazos y espalda ancha, que probablemente combinaban tan bien con un abdomen pronunciado como con esa sonrisa nívea. Tenía los ojos oscuros, grandes y brillantes, y unos pómulos brotados que le daban ciertas facciones de indígena.

-¿La ves?, está justo detrás de ti y acaba de decir “nunca he estado más asustada en mi vida”- le dije al rostro de Camila que por mi imprudencia recién se había enfurecido y ahora desviaba la mirada. -Si hay algo difícil de saber cuándo intentas leer los labios de las personas es cómo se llaman- continué diciendo -puedes pasar horas y horas en el bus, un bar, el parque o la biblioteca y las personas difícilmente dirán su propio nombre-.

-A mí eso me tiene sin cuidado, ya te he dicho que no está bien que lo hagas- me recriminó de nuevo el rostro enfurecido y ahora recién ruborizado.

-Lo cierto, te interese o no, es que él tiene por lo menos el doble de su edad y ella aún no llega a los veinticinco, lo cierto es que vivieron en el idilio por cerca de seis meses y después, como raro, ella empezó a creer que algo no andaba bien. Nuestra amiga se sospecha que su galán le ha contagiado alguna enfermedad– le dije buscando más que un tanto de rubor en su ira -lo cierto, después de todo, mi querida Camila, es que no merece la pena seguir leyendo en los labios ese dolor porque quizá se nos contagia- terminé diciendo mientras advertía lo triste que resultaba la historia de la morena y lo imprudente de mi costumbre.

 –Tú me lo acabas de contagiar, imbécil, ahora ni siquiera quiero ver su rostro, vamos a esperar a que se vaya- me dijo al tiempo que para sorpresa mía había desviado su estallido de ira contra lo arraigado de mi maña a los actos de él, de un él de quién no sabíamos nada y del que solo la interlocutora de la joven hubiese podido darnos razón en ese instante-.

Como en otras ocasiones, con ese tono solemne y el aire filosófico que siempre ponía en sus modismos, muletillas y frases de cajón, a los pocos minutos relacionó lo que le había contado con un pasaje de su vida o de la de quienes conocía. Comenzó hablándome de la suya, de la necesidad de prescindir de la inocencia para que no sucedieran engaños como el que hubo contra la mulata. Me aseguró, no sin antes cerciorarse de que me había convencido de lo de los engaños, que hay vidas que están marcadas por ciertos nombres, y me contó la historia de Leonardo y Johan, amigos suyos de la universidad que se habían conocido de niños y se habían hecho pareja a los trece siendo la más estable que ella hubiese llegado a conocer. Me habló de esa Carolina amiga suya que siempre se había involucrado con hombres que se llamaban David y ya sumaba más de seis.

Ese rostro, ahora tranquilo y pálido, me contó que algunos años atrás, antes de que nos conociéramos, la habían cambiado por alguien que para ella no significaba ni una digna competencia, y que eso le había dolido más. Ella, tan delgada, bonita, emprendedora y en otrora excluyente, un día fue cambiada por una más gordita y andariega, una morena con facciones indias que la superaba al parecer en experiencia porque aún en edad ella seguía siendo mayor.

Nos olvidamos de la mulata y así como llegó se marchó entre un gimoteo lastimero y el consuelo odioso de su amiga del que no fuimos testigos. Pedimos la cuenta y nos retiramos.

Al dirigirnos al parqueadero continuó con el tema. –No obstante me siento tranquila, por muy triste y vacía que haya sido mi vida- opinión con la que yo en nada estaba de acuerdo -al menos seguí siendo una mujer sana y salva, a quién no le han amenazado ese tipo de catástrofes autodestructivas como la de la mulata del restaurante. No llegué a ser la bacterióloga más famosa del instituto ni a dirigirlo, quizá sea una mujer a la que nadie más que tú recordarás, pero espero ser una mujer salva y tranquila, ciertamente es mucho más de lo que se podrá decir de todas esas estrellas que por estos días han muerto en medio de la opulencia, el consumo y la soledad-.

Camila no había tenido una vida muy complicada aunque creyese que cada pérdida cotidiana de la infancia había generado en ella un obstáculo irreparable, sin embargo, historias como la de la mujer del restaurante cocían en ella ese tipo de reflexiones sobre los placeres sencillos por las que yo tanto disfrutaba de su compañía.

…códigos para un obtuso…   Leave a comment

Siete menos cuatro. Juliana llamando. Un gato con unos audífonos gigantes acompañaba el anuncio y se agitaba en la pantalla de mi teléfono.

– Hola, ¿cómo amaneces?

-¿Llegaste? Te tengo una sorpresa.

-¿Una sorpresa? Rico, dale, ¿qué es?

-¡Taraan!-, cortó la llamada y apareció desde atrás de la división de madera, su cubículo estaba contiguo al mío.

-¿Lo notas? Lo pensé mucho pero al fin me decidí, dime que te gusta.

-Eh…-estaba confundido, para mí era la misma mujer que la tarde anterior se había bajado de mi carro a unas cuadras de mi casa, parece que la vida se empeñaba en ponernos juntos, la compañera de trabajo que alguna vez en la última semana me había advertido que llegaría a la oficina con algo nuevo. –Sí – respondí inseguro – Es una linda chaqueta-.

– No, mira bien – me dijo con una sonrisa infantil al tiempo que se llevaba las manos a la cintura –Esta chaqueta me la puse ayer, cretino-

Juliana tenía esa forma sexy de vivir que tienen las personas que son buenas en lo que hacen.

-Por eso, y ayer pasé por alto decirte que te queda muy bien.

Su gesto se hizo duro, me miró displicente y se dio media vuelta, entonces advertí que su zapatos eran diferentes, llevaba unos tacones carmín que a mi juicio serían de unos treinta centímetros o más. La tomé por el hombro.

-Espera, me parece un bonito color- le dije al tiempo que me le ponía de frente obstruyéndole la salida de mi pequeña estación de trabajo. Tan apretado como excitante resultaba estar dentro de mí aparente oficina y verla con esos tacones aunque fuera bajo el copioso uniforme de la empresa, una falda estrecha que a simple vista iba casi hasta los tobillos, y bueno, aunque a mí me parecieran todos sus zapatos iguales.  –Me gusta, bastante, podría acostumbrarme-.

Entre Juliana y yo no pasaba mucho, para mí se trataba de una extraña tensión de risas, miradas cómplices y llamadas absurdas y habituales del tipo –deja quieto ese pie que vas a tumbar la división-. La empresa nos prohibía hacernos visita pero no hablar por teléfono, políticas.

-Me gusta tu olor, pero hazte a un lado, son las siete con tres. ¿Quieres almorzar?

Asentí. Me moví lentamente y me apoyé contra el escritorio,  la miré beligerante y la imaginé debajo del uniforme mientras golpeaba mi pulgar contra el borde de la silla, una extraña costumbre para los nervios.

-Seguro- le dije levantando la mirada de los tacones -te llamo a las doce. Buena mañana-

Se fue con una sonrisa en el rostro, su trabajo escogiendo unos deliciosos tacones había tenido efecto en mí y se lo hice saber. Probablemente al medio día me contaría la odisea para elegirlos y sobre las mil opiniones que había pedido para finalmente escoger aquellos que la hacían sentir más elegante pero cómoda, fresca pero formal, mujeres.

Me acomodé en la rustica silla de resortes descollantes y maltratadores que me habían asignado desde el primer día y prendí la computadora desprevenido, entonces todo tomó sentido. La noche anterior mi compañera había cambiado el papel tapiz del escritorio, una bonita fotografía nuestra del fin de semana pasado nos mostraba en un sitio de moda, algún antro mal decorado con precios elevados de los que yo poco disfrutaba pero que a ella le encantaban. Sosteníamos una cerveza y reíamos descuidadamente mientras Pablo se asomaba por encima de nuestras cabezas.

-¡Mierda!- la noche anterior Juliana llevaba el cabello rubio y hoy era notablemente oscuro y más corto. Por suerte cuando me preguntan suelo describir las cosas por los colores que tienen y no por lo que son, hombres.