…anonimatos…   Leave a comment

 …Tengo que hacer un escrito que contenga una hipótesis sostenible, deducciones, evidencias y conclusiones en menos de doscientas palabras. Sí, mi profesor de inglés es un tanto optimista, de cualquier forma lo haré más tarde, por ahora, y antes de volver con las hipótesis, me quedo con las sandeces y las simplezas de este blog que cada vez está más sucio y abandonado…

-Tomás, no está bien que veas conversaciones ajenas- me dijo al tiempo que advertía que el foco de mis ojos se desprendía por un momento del contacto con los suyos y se deslizaba etéreamente por la boca resplandeciente de la mujer sentada tres mesas adelante. -Es una costumbre apática que, bien sabes, no te ha traído más que problemas– continuó diciendo -aún me veo llevándote comida a la estación policial la última vez que tu maña fue percatada por los tipos de esa mesa en el juego de póker– concluyó.

La mujer que estaba a tres mesas era una mulata grande y afanosa, supuse que sería de algún municipio del Caribe de donde he conocido a muchas como ella, con esa alegría eterna y sensual. Sentada mostraba un cuerpo robusto de brazos y espalda ancha, que probablemente combinaban tan bien con un abdomen pronunciado como con esa sonrisa nívea. Tenía los ojos oscuros, grandes y brillantes, y unos pómulos brotados que le daban ciertas facciones de indígena.

-¿La ves?, está justo detrás de ti y acaba de decir “nunca he estado más asustada en mi vida”- le dije al rostro de Camila que por mi imprudencia recién se había enfurecido y ahora desviaba la mirada. -Si hay algo difícil de saber cuándo intentas leer los labios de las personas es cómo se llaman- continué diciendo -puedes pasar horas y horas en el bus, un bar, el parque o la biblioteca y las personas difícilmente dirán su propio nombre-.

-A mí eso me tiene sin cuidado, ya te he dicho que no está bien que lo hagas- me recriminó de nuevo el rostro enfurecido y ahora recién ruborizado.

-Lo cierto, te interese o no, es que él tiene por lo menos el doble de su edad y ella aún no llega a los veinticinco, lo cierto es que vivieron en el idilio por cerca de seis meses y después, como raro, ella empezó a creer que algo no andaba bien. Nuestra amiga se sospecha que su galán le ha contagiado alguna enfermedad– le dije buscando más que un tanto de rubor en su ira -lo cierto, después de todo, mi querida Camila, es que no merece la pena seguir leyendo en los labios ese dolor porque quizá se nos contagia- terminé diciendo mientras advertía lo triste que resultaba la historia de la morena y lo imprudente de mi costumbre.

 –Tú me lo acabas de contagiar, imbécil, ahora ni siquiera quiero ver su rostro, vamos a esperar a que se vaya- me dijo al tiempo que para sorpresa mía había desviado su estallido de ira contra lo arraigado de mi maña a los actos de él, de un él de quién no sabíamos nada y del que solo la interlocutora de la joven hubiese podido darnos razón en ese instante-.

Como en otras ocasiones, con ese tono solemne y el aire filosófico que siempre ponía en sus modismos, muletillas y frases de cajón, a los pocos minutos relacionó lo que le había contado con un pasaje de su vida o de la de quienes conocía. Comenzó hablándome de la suya, de la necesidad de prescindir de la inocencia para que no sucedieran engaños como el que hubo contra la mulata. Me aseguró, no sin antes cerciorarse de que me había convencido de lo de los engaños, que hay vidas que están marcadas por ciertos nombres, y me contó la historia de Leonardo y Johan, amigos suyos de la universidad que se habían conocido de niños y se habían hecho pareja a los trece siendo la más estable que ella hubiese llegado a conocer. Me habló de esa Carolina amiga suya que siempre se había involucrado con hombres que se llamaban David y ya sumaba más de seis.

Ese rostro, ahora tranquilo y pálido, me contó que algunos años atrás, antes de que nos conociéramos, la habían cambiado por alguien que para ella no significaba ni una digna competencia, y que eso le había dolido más. Ella, tan delgada, bonita, emprendedora y en otrora excluyente, un día fue cambiada por una más gordita y andariega, una morena con facciones indias que la superaba al parecer en experiencia porque aún en edad ella seguía siendo mayor.

Nos olvidamos de la mulata y así como llegó se marchó entre un gimoteo lastimero y el consuelo odioso de su amiga del que no fuimos testigos. Pedimos la cuenta y nos retiramos.

Al dirigirnos al parqueadero continuó con el tema. –No obstante me siento tranquila, por muy triste y vacía que haya sido mi vida- opinión con la que yo en nada estaba de acuerdo -al menos seguí siendo una mujer sana y salva, a quién no le han amenazado ese tipo de catástrofes autodestructivas como la de la mulata del restaurante. No llegué a ser la bacterióloga más famosa del instituto ni a dirigirlo, quizá sea una mujer a la que nadie más que tú recordarás, pero espero ser una mujer salva y tranquila, ciertamente es mucho más de lo que se podrá decir de todas esas estrellas que por estos días han muerto en medio de la opulencia, el consumo y la soledad-.

Camila no había tenido una vida muy complicada aunque creyese que cada pérdida cotidiana de la infancia había generado en ella un obstáculo irreparable, sin embargo, historias como la de la mujer del restaurante cocían en ella ese tipo de reflexiones sobre los placeres sencillos por las que yo tanto disfrutaba de su compañía.

…códigos para un obtuso…   Leave a comment

Siete menos cuatro. Juliana llamando. Un gato con unos audífonos gigantes acompañaba el anuncio y se agitaba en la pantalla de mi teléfono.

– Hola, ¿cómo amaneces?

-¿Llegaste? Te tengo una sorpresa.

-¿Una sorpresa? Rico, dale, ¿qué es?

-¡Taraan!-, cortó la llamada y apareció desde atrás de la división de madera, su cubículo estaba contiguo al mío.

-¿Lo notas? Lo pensé mucho pero al fin me decidí, dime que te gusta.

-Eh…-estaba confundido, para mí era la misma mujer que la tarde anterior se había bajado de mi carro a unas cuadras de mi casa, parece que la vida se empeñaba en ponernos juntos, la compañera de trabajo que alguna vez en la última semana me había advertido que llegaría a la oficina con algo nuevo. –Sí – respondí inseguro – Es una linda chaqueta-.

– No, mira bien – me dijo con una sonrisa infantil al tiempo que se llevaba las manos a la cintura –Esta chaqueta me la puse ayer, cretino-

Juliana tenía esa forma sexy de vivir que tienen las personas que son buenas en lo que hacen.

-Por eso, y ayer pasé por alto decirte que te queda muy bien.

Su gesto se hizo duro, me miró displicente y se dio media vuelta, entonces advertí que su zapatos eran diferentes, llevaba unos tacones carmín que a mi juicio serían de unos treinta centímetros o más. La tomé por el hombro.

-Espera, me parece un bonito color- le dije al tiempo que me le ponía de frente obstruyéndole la salida de mi pequeña estación de trabajo. Tan apretado como excitante resultaba estar dentro de mí aparente oficina y verla con esos tacones aunque fuera bajo el copioso uniforme de la empresa, una falda estrecha que a simple vista iba casi hasta los tobillos, y bueno, aunque a mí me parecieran todos sus zapatos iguales.  –Me gusta, bastante, podría acostumbrarme-.

Entre Juliana y yo no pasaba mucho, para mí se trataba de una extraña tensión de risas, miradas cómplices y llamadas absurdas y habituales del tipo –deja quieto ese pie que vas a tumbar la división-. La empresa nos prohibía hacernos visita pero no hablar por teléfono, políticas.

-Me gusta tu olor, pero hazte a un lado, son las siete con tres. ¿Quieres almorzar?

Asentí. Me moví lentamente y me apoyé contra el escritorio,  la miré beligerante y la imaginé debajo del uniforme mientras golpeaba mi pulgar contra el borde de la silla, una extraña costumbre para los nervios.

-Seguro- le dije levantando la mirada de los tacones -te llamo a las doce. Buena mañana-

Se fue con una sonrisa en el rostro, su trabajo escogiendo unos deliciosos tacones había tenido efecto en mí y se lo hice saber. Probablemente al medio día me contaría la odisea para elegirlos y sobre las mil opiniones que había pedido para finalmente escoger aquellos que la hacían sentir más elegante pero cómoda, fresca pero formal, mujeres.

Me acomodé en la rustica silla de resortes descollantes y maltratadores que me habían asignado desde el primer día y prendí la computadora desprevenido, entonces todo tomó sentido. La noche anterior mi compañera había cambiado el papel tapiz del escritorio, una bonita fotografía nuestra del fin de semana pasado nos mostraba en un sitio de moda, algún antro mal decorado con precios elevados de los que yo poco disfrutaba pero que a ella le encantaban. Sosteníamos una cerveza y reíamos descuidadamente mientras Pablo se asomaba por encima de nuestras cabezas.

-¡Mierda!- la noche anterior Juliana llevaba el cabello rubio y hoy era notablemente oscuro y más corto. Por suerte cuando me preguntan suelo describir las cosas por los colores que tienen y no por lo que son, hombres.

…de la serie Ficciones de Catacarpio: Cinco afanosos, y ridículos, inicios de historia…   Leave a comment

-¿Alguien tiene otra respuesta?- preguntó la profesora Consuelo mientras la clase parecía un tanto indiferente, era lógico, ya eran las 12:40 pm, faltaban cinco minutos para salir –¿nadie?- insistió.

De una de las esquinas traseras del salón se levantó una mano algo temblorosa pero enérgica –Yo. Creo que no hay diferencia entre subir el volumen o dejarlo como estaba, después de todo ya está hirviendo- afirmó Tomás mientras en un movimiento sincrónico cerca de cincuenta adolescentes, en una actitud que reflejaba desde fastidio y burla hasta desconcierto,  volteaban a mirar hacia atrás para cotejar aquella blasfema opinión irreverente con un rostro.

-¿Está seguro, Aguilar?- preguntó Consuelo

-No, pero me parece de sentido común, no soy químico pero creo que la presión del agua…

Los hastiados rostros juveniles junto a sus perezosos cuerpos y cerebros se levantaron al unísono sin dejarlo terminar, se llevaban una lección sobre punto de ebullición y otra sobre la vida, la segunda les decía que opinar diferente es de pretensiosos soñadores y que a esos hay que darles bien duro, o en el mejor de sus casos no dejarlos opinar (cualquier parecido con la realidad no tuvo consecuencias para Tomás).

::::::

-Aló, apá, siií, apá, ¿me escucha? Aló, apá, con Lina, bendición apá. Aloooó, hijueputa. ¡Ay, que desespero!, aló, apá, siií, con Lina, bendición papito. Siií, con Lina. Ah, que chimba con esta mierda. Aloooó, apá, siiií, bien papito, ¿y ustedes como están, apá? Siiií, si señor, ya sé que casi no se oye. No le escucho casi apá, ¡hable más duro! ¿Cómo?, no…, no me crea tan de malas con este trasto. ¿Aló? ¿apá? Siií, ¡ya sé!, espéreme que tras de que esta mierda no se escucha y acá hay una pichurria más boleta, habla más que un perdido cuando aparece, pere, no vaya a colgar, papito-.

-¿Le puedo pedir un favor, señor?- dirigiéndose a mí, que en ese momento repasaba mi taller sobre conocimiento de sí mismo para el grupo de preescolar. La dueña de una linda sonrisa paisa y un elegante ademán me hablaba -ay, ¿puede hablar más pasito? Es que casi no se oye-.

-Sí, apá, ya mejor, que cosa, ¡casi que no se calla esa pecueca!-.

::::::

A Diana la conocí un día como la mejor amiga de Sandra, mi novia. No era ni bonita ni fea, ni delgada ni gorda, ni extravagante ni parca, una mujer discreta, casi etérea que hacía poco menos de un mes había entablado una relación que, como Sandra me dijo en más de una ocasión, no iba para ningún lado pero que le servía para calmar la ansiedad y gozar de algunos días de ensueño. El acompañante se llamaba Sergio, un jovencito apasionado con la revolución hecha en la divulgación de pasquines y el saboteo de sus clases de diseño con comentarios de corte político salidos de contexto.

Esa noche la pareja nos acompañó con unos tragos por invitación de mi novia, fue un encuentro muy dentro de lo común que no me dejó grandes recuerdos. Algunos días después Sandra me indicó que su amiga le había hecho saber que Sergio le había confesado conocerme de algunos años atrás en una de sus campañas revolucionarias de colegial, a mi me pareció inverosímil tanto por el sujeto como por las circunstancias

-En serio, él asegura que te conoció cuando montaban un plantón frente a un ministerio hace algunos años- insistía Sandra

-Ya te dije que jamás lo había visto, no insistas. Está mintiendo

-¡Ay, qué cosa!, que sí, que te conoce, acéptalo. Si hasta dijo que eras buena gente

-¿Lo ves? Pues por eso mismo, ¡está mintiendo! (¡Ja!, disque buena gente yo)

::::::

-¡Que no, coño! Ya te lo dije, ¡no sé quién me envió el pinche mensaje! Se habrán equivocado, o sería mi esposo del número de alguno de sus amigos. ¿Se te olvida que soy una mujer casada?

-No, no se me olvida, tampoco que tu esposo no sabe si quiera contestar una llamada, anda, dime ¿compartimos la cama con un cuarto?

– Que idiota, las cosas que dices, todo por un mensaje equivocado de buenas noches, eres tan inmaduro (y ridículo) que me asustas.

:::::::::

El sitio tenía un aire marrón y espeso que me hizo evocar fácilmente los años de la revolución vistos en las películas y en los periódicos de la hemeroteca, al poner mis pies dentro volví a los primeros años, a los puros fumados a escondidas después de ser robados del estuche del abuelo, a los besos de Doris, la púbera empleada de mi abuela, saboreados detrás de las puertas de todas las habitaciones de la casa. Ese lugar sabía a literatura y, desde luego, a danza. Mi acompañante, ufanándose de su previo conocimiento, me mostró el lugar con el orgullo propio de quien ostenta la riqueza ajena, me contó hasta donde pudo recordar la historia de todos los cuadros y máscaras puestos en las paredes y seleccionó la mejor mesa para dos, cerca a la pista, de sillas altas para no cansarnos. Pasó cerca de media hora hasta que fue ella quien se animó a invitarme a bailar, desde luego quería, me gustaba mucho pero la asertividad no es mi fuerte, fueron cinco o seis piezas en donde los ritmos latinos en todas sus variedades nos hicieron las delicias para iniciar la noche.

-Voy por unas cervezas – le dije.

Al llegar a la barra no supe reconocer con certeza si debía escandalizarme o reír, ahí estaba, del otro lado del mostrador se hacía ostensible una pelirroja de mi estatura y ojos tan rasgados y grandes como verdes; de su pecho colgaba un botón que decía –Janis-, no lo quise aceptar pero fue irreversible cuando al girar un tribal con mi nombre se asomaba en su omoplato izquierdo.

Llevaba yo un billete de diez mil en la mano, me lo rapó y le indiqué con los dedos que quería dos cervezas. ¡Mierda, cinco años de duelo tirados a la basura! Me sonrió (probablemente por no reconocerme) y me entregó las cervezas. –Quédate las vueltas- le dije mientras me alejaba presuroso. Me senté junto a mi compañera de noche –me siento un poco indispuesto, creo que te acompañaré hasta cuando quieras pero no bailaré mucho esta noche, igual puedes hacerte de muchas parejas, veo tipos que lo hacen muy bien. Ah, y de ahora en adelante siempre que queramos una cerveza vas tú por ella-.  

Publicado 12 marzo, 2011 por jonathanbrausinp en Sin categoría

…sobre las inefables manzanas de chocolate…   Leave a comment

Una mirada resplandeciente y clara se podía observar enmarcada a través de los lentes de montura gruesa, recta y hecha de algún tipo de plástico marrón, -lentes de niño genio- pensé antes de fijarme con atención en el color de sus ojos. Nunca me han gustado los ojos claros, no he tenido buenas experiencias con ellos, y si hablamos de estética prefiero las pieles morenas, que por lo general vienen en conjunto con miradas oscuras. Melisa (con una “s”) era su nombre, era alta de estatura y mediana de contextura, la mujer más perspicaz que he conocido. –¿Le molesta si fumo?- me dijo por primera vez mientras parecía como si se estuviese viendo de frente reflejada en un paquete de cigarrillos recién abierto –es un espacio abierto- respondí y fingí distraerme, ella hizo lo mismo, el espacio no era grande y era la única zona verde del edificio. De alguna forma se las arregló para alejarse de mí sin entrar a arrasar con las petunias y los cartuchos, permaneció de pie a un palmo del jardín, con un cenicero en la mano y poniendo mucha atención a cada exhalación, en su boca fumar parecía un placer delicioso. Estaba de pie en el último ladrillo mirando a la nada mientras yo seguía en la banca de madera que había ganado por llegar unos segundos antes, pasaba mis quince minutos de descanso. Aquel día la contemplé descaradamente, de arriba a abajo, de izquierda a derecha,  tenía un perfil caricaturesco y con un poco de imaginación podría uno creer que efectivamente esa mujer estaba pintada en la pared blanca del fondo del patio. Era dueña de una elegancia antigua, gastada, sosa, como la de algunas trabajadoras de calle que caminan con altivez de artista aunque el frío las entumezca.

Era bella, tendría unos treinta y algo y se le notaban, pero representaba con posturas y gestos algo que iba más allá de su edad, una especie de preocupación o duelo que parecía conferirle siempre un estado de molestia -¿me le parezco o qué?-, bajé la mirada inmediatamente y me marché. Al día siguiente comprendí que mis quince minutos de descanso coincidirían con los de aquella mujer y con los de algunos tantos empleados que preferían la sala de estar al jardín por evitar el sol de la media tarde, los ocasionales gusanos y el olor a cigarrillo. Yo era el nuevo y ciertamente no me interesaba quedarme en el rotulo de tal por mucho tiempo, al tercer día le hablé, bueno, me habló, parecía algo inquieta, -exceso de café- pensé. –Soy Melisa- me dijo –con una “ese”. ¿Y usted?-, lo primero que pensé en decirle fue –no, yo no me llamo Melisa- pero advertí que sería un comentario muy pueril para alguien de su apariencia –soy Tomás- respondí – mucho gusto, no hace mucho llegué-; -lo sé, todavía se sienta acá, en unos días no soportará el sol, ni el encierro, ni nada que tenga que ver esta parte del edificio-, me pareció un comentario exagerado pero callé, en cierta forma la mujer me intimidaba.

Nos seguimos encontrando casi todos los días con excepción del cruce de descansos que generalmente era los miércoles y los domingos; cierta vez hablamos de lo que hacíamos, ella trabajaba en la bodega de la sexta planta: alistaba materiales, pasaba tintos, halaba cables, contestaba llamadas, veía por los hijos de su jefe, entre otros; yo le expliqué que era sociólogo, que había caído allí por casualidad y palanca y que mi función, en términos generales, era llamar a las personas y programar visitas quincenales que después asignaba. No puso mucha atención a mis comentarios, lo único que me dijo fue –que mal, ustedes los psicólogos no tienen corazón-. Esa misma semana, cuando comenté mi exceso de trabajo con las visitas domiciliarias y la falta de personas competentes a mi cargo retomó lo de los psicólogos y me contó sin muchos detalles cómo se había involucrado con un médico psiquiatra en su trabajo anterior y de porque entonces decía que yo no tenía corazón, esa tarde yo no estaba de humor para explicarle que los psicólogos no son psiquiatras y que los sociólogos no somos ni lo uno ni lo otro, en algún momento advertí algo de rencor en sus palabras y preferí no ahondar en el tema del psiquiatra.

Con el tiempo noté que Melisa tenía cientos de rencores acumulados por los años, con su padre, con el psiquiatra que también era su jefe y hasta con el hombre que había abusado de su sobrina hace poco, todo esto le confería un aura tosca y ofensiva, desde que me contó lo de su sobrina no quise volver a preguntar nada referente a su vida familiar o sentimental. Discutimos más de una vez sobre política y religión, otras tantas compartimos tinto y cigarrillo generalmente mientras la lluvia nos salpicaba los zapatos. Con el tiempo sus ojos me parecieron lindos, no eran tan claros como los recordaba e iban a la perfección con su piel tersa, limpia y joven, una piel impecablemente blanca y atractiva.

Cierto día le hice saber que había estado reparando en que se le notaba más delgada, ella correspondió a esto diciendo que un dolor en la garganta le había comenzado semanas atrás y que el antibiótico, recetado por el farmaceuta del barrio, no causaba el efecto deseado, tenía también un dolor de cuello insoportable por lo que había pedido cita con un masajista, pero sus familiares la convencieron de que lo mejor era hacer un chequeo general; no la vi durante dos semanas, tiempo al cabo del cual no podía entender cómo es que había sostenido por cerca de cuatro meses una relación interpersonal con alguien a quien veía solo unos minutos al día en el mismo lugar, sin encontrarla eventualmente en una oficina, en un restaurante, en la entrada del edificio, sin teléfonos ni mensajes, solo casualidades programadas, comprendía, eso sí, que era bella y que eso había contribuido a la causa, muchos de mis prejuicios respecto a las mujeres de mirada clara se desvanecieron con las conversaciones ocasionales que sosteníamos.

Nuestro reencuentro fue rápido, no salió a fumar, -solo necesitaba un poco de aire- me dijo, y casi al instante la vi llorar, de la forma en que lo hacen las mujeres que no se quieren mostrar débiles, algunas lagrimas bajaron por sus mejillas, otras tantas se acumularon en la montura de sus lentes de niño genio, no me vio a los ojos. De alguna forma balbuceó algo sobre que le habían descubierto un cáncer y el inicio del tratamiento y se fue sin despedirse; me quedé inmóvil, apenas si hablábamos quince minutos como mucho al día y ya sabía que tenía cáncer de garganta. Me dejó un vacio en el pecho del que me costó algunas semanas desprenderme.

No la volví a ver desde entonces, había pasado casi un año y hace poco menos de dos semanas la encontré a través del cristal de la ventanilla del bus en que me desplazaba sobre la carrera séptima, caminaba distante, desprevenida, llevaba un par de cajas medianas entre ambas manos a la altura del pecho y por lo recogidos de los ojos podría jurar que no era la primera vez que hacía ese recorrido, por el mismo lugar y con la misma carga; tenía pasos  displicentes, alienados, tuve tiempo suficiente para observarla mientras el semáforo cambiaba, por un momento pensé que voltearía intempestivamente la cara y sentí algo de temor por eso, rápidamente elaboré un plan de emergencia donde al verme confrontado por el par de ojos añil me haría el desprevenido y parecería estar buscando un número en las plaquetas de las edificaciones de la avenida. Pareció caminar en cámara lenta a mi lado, no hice nada para llamar su atención, la dejé en paz, con su marcha cotidiana y sumisa, con el porte de quien ha tenido que pasar por mucho para pararse donde se encuentra, nada que ver con como la recordaba, con esa altivez modelada y agresiva. La vi vulnerable, triste y macilenta, podía intuirse que no la había pasado nada bien todo ese tiempo, ni ella ni quien tuvo que haberla acompañado en el karma, entonces me sentí miserable y poco compasivo al pensar en la fortuna de no haber querido pedir su número de teléfono, y de que odiara a los psicólogos, aunque nunca se hubiese metido con uno y aunque yo no fuera uno de ellos.

 

…subtítulos…   Leave a comment

 

“Tengo una idea original en la cabeza, mi calva cabeza, tal vez si fuera más feliz no estaría en descenso, la vida es corta, necesito sacarle provecho. Hoy es el primer día del resto de mi vida, soy un cliché viviente. Tengo que ir al doctor a que revise mi pierna, algo anda mal, un bulto, el dentista volvió a llamar, el plazo venció. Si dejara de posponer las cosas seria más feliz. Todo lo que hago es sentarme en estas nalgas tan gordas, si no fuera obeso seria más feliz, no tendría que usar estas camisas largas todo el tiempo, como si eso engañara a alguien, que nalgas tan gordas. Debería correr de nuevo 8 km diarios pero en serio, tal vez escalar. Necesito cambiar mi vida ¿Qué tengo que hacer?, tengo que enamorarme, necesito una novia, necesito leer mas, mejorar yo mismo, ¿Qué tal si aprendo un idioma? ¿O si toco un instrumento? o podría hablar chino; seria el guionista que habla chino y toca el oboe, sería maravilloso. Debería cortarme el cabello, dejar de querer engañarme a mí mismo y a todos sobre que tengo abundante cabello, que patético es eso. Se realista, confiado, ¿no es lo que atrae a las mujeres? Los hombres no tienen que ser atractivos, pero eso no es cierto, en especial en estos días, ahora hay casi tanta presión los hombres como para las mujeres. ¿Por qué fui hecho para sentir que debo disculparme por existir? Tal vez sea la química de mi cerebro, eso debe ser, mala química, todos mis problemas y ansiedad se reducen a un desequilibrio químico o alguna sinapsis faltante, necesito conseguir ayuda, pero seguiré siendo feo, nada cambiara eso…”

Tomado de: El ladrón de orquídeas, adaptation, 2002.

 

 

 

Publicado 2 noviembre, 2010 por jonathanbrausinp en …buscando una razón…, Sin categoría

¡Hola mundo!   Leave a comment

Welcome to WordPress.com. This is your first post. Edit or delete it and start blogging!

Publicado 2 octubre, 2010 por jonathanbrausinp en Sin categoría

…para mí la poesía, para ti las ecuaciones…   Leave a comment

 
-Querido niño Dios, para esta navidad lo único que quiero es una barbie de la última colección, espero que este año si me la puedas regalar. Quiero la barbie que sabe hacer felación, no importa si mide dos metros o uno y medio, sabes que en esos detalles no me fijo mucho, aunque claro, me gustan más las morenas. Muchas gracias, querido niño Dios- corta y sencilla era por quinta vez en veintidós años mi carta al niño Dios del último diciembre; era fácil de redactar y ciertamente no exigía mucho, tan solo una muñeca como lo haría cualquier niña saturada de comerciales y ostentosas vitrinas con los juguetes de moda: barbies para todos los gustos, las hay que cocinan, que lavan, que planchan, que cosen, que hacen trabajos de grado –siga, siga, hay una para usted-. Fue un diciembre atiborrado de cotidianidad, que me mantuvo sumergido entre copias, parciales y platos, y del que por suerte salí vivo, pienso que lo único que me conservó cuerdo fue la idea de obtener la anhelada muñeca que, por supuesto, ese año tampoco llegó envuelta en papel de regalo y con un complicado moño de cinta verde. Al diciembre azaroso y triste le siguió un enero majestuoso, soleado como muchos pero caluroso como ninguno, los abuelos lo notaron y empezaron a pronosticar el fin del mundo dado que en los días de las cabañuelas el cielo estuvo más despejado que siempre y ninguna gota de lluvia se le escapó a San Pedro ni por desliz. El calor en muchos sitios se hizo insoportable y la densidad del agua de las piscinas aumentó dado que casi todo el tiempo estaban colmadas, los ríos tenían el cauce bajo y los animales, que mas parecían pintados en un cuadro de hiperrealismo, se mostraban macilentos. Se decía que en algunos lugares los hombres estaban muriendo de deshidratación y las mujeres iban perdiendo sus curvas a raíz de la sequía, los cultivos se perdían y casi todo el mundo padecía algún malestar que tenía que ver con el inclemente sol. Por los días de la inclemencia a Juan le aquejó el dolor de estomago de manera más aguda, era una enfermedad rara de la que nadie había querido dar razón y con la que ya se había acostumbrado a vivir, entre disenterías, vómitos, fiebres y malestares había perdido tres años de su juventud a la buena fortuna de cientos de médicos que le daban diagnósticos distintos y remedios contradictorios, por entonces los cólicos se hicieron tan fuertes que se revolcaba en las noches y no había forma de controlarlo, se desesperaba y gritaba con una suerte de bramidos que nos desvelaban a todos en el acto. De algún lugar del vecindario llegó a nuestros oídos el rumor de la existencia de un medico tan efectivo que no cobraba hasta no curar completamente, una especie de chaman del que no se tenía queja, al día siguiente, después de una noche insoportable tanto para Juan como para nosotros, me aventuré con él en la búsqueda del especialista. Querer llegar a la casa del maestro implicaba conocer ávidamente la provincia del Bajo Magdalena, por suerte, tanto como a Juan como a mí, la infancia nos sonrió en medio de estas selvas de las que se decía que en otras épocas emergían panteras, guacamayas, indígenas, guacas y toda suerte de artefactos y seres. Así, entre trapiches eléctricos y cañaverales llegamos a su residencia, tan humilde como recóndita, de la que se dice, hace parte de un gran jardín mítico con una amplia gama de flores y semillas para todos los aturdimientos. –Buenos días- saludamos a las cuatro mujeres aparcadas en el recibidor –estamos buscando a Miguel- una de ellas, la que parecía ser la dueña de casa y que tenía una presencia imponente, nos invitó a seguir y a esperar junto a ellas –enseguida viene, se estaban tardando- concluyó-. El maestro es casero y paternal, sencillo en la forma y en el hablar, parece un campesino más: alpargatas, pantalón gastado y camisa; tiene los ojos rojos y la pupila turbia como bien me había advertido mi abuelo sobre quienes abusaban de los rezos; es un hombre que parece no tener más de sesenta años y tiene ademanes cansados, como si la fatiga de las caudalosas visitas lo cansara más que la producción de panela. Antes de atendernos pasó por el lado mirándonos de reojo al tiempo que sostenía una conversación con un rubio de mediana estatura que respondía con monosílabas a los planteamientos del maestro sobre cosechas, colectas y sembrados. Poco después nos saluda efusivamente advirtiéndonos de la presencia de tres mujeres antes que nosotros, y que por tanto, debemos esperar, la consulta con ellas la hace delante nuestro, todo gira en torno a la menor, una niña con cerca de doce años que parece tener problemas en la piel de manera muy pronunciada y conflictiva, ampollas en la cara, brazos y torso, su madre y abuela, las acompañantes, reportan padecer algo semejante pero no en la proporción de la infante, según relatan llevan un día viajando desde la ciudad y se encuentran muy cansadas. Después de escucharlas el maestro les ofrece algo de tomar y le dice a su esposa, la que tenía aspecto de matrona, que nos traiga un tinto; procede interrogando, lo hace sobre hábitos alimenticios, lugar de vivienda, antecedentes, entre otros, todo con el rigor de una consulta médica, habla de plano y sin tecnicismos, finalmente emite un concepto que resulta ser un poco confuso para todos, habla de la sangre y de la forma como fluye por todos los seres vivos, les dice a las tres mujeres que deben tomarse una infusión que incluye frutas, verduras, condimentos y licor por cinco días y en ayunas, también invita a la niña a seguir a su habitación para hacerle un rezo, no se demora mucho, es un procedimiento fugaz que de seguro incluye algunas palabras cortas, efectivas y milenarias contra las maldiciones. Con Juan, al igual que con la otra consulta, todo se habla de entrada y en frente de todos, le pide una referencia a los síntomas y Juan se extiende mas allá de los cólicos insoportables de enero para hacer referencia a teorías sobre cómo pudo haberle comenzado el padecimiento y sobre lo mucho que había sufrido por tres años con el mismo. El maestro medita un poco sobre lo que cuenta Juan y le advierte que puede ser un maleficio, es entonces cuando nos habla de sus múltiples viajes al extranjero y sobre todo el prestigio que tiene en Latinoamérica, nos relata historia personales sobre viajes a Perú, Bolivia y Venezuela y de cómo en esos lugares, con tanta o más malicia que en nuestro territorio, las mujeres dan a sus esposos o a las amantes de los mismos bebedizos de uñas, sangre, animales o tierra de difunto, de cómo se contratan hechiceros para que una persona muera lentamente de un cáncer intratable o de sed; nos habla de la mujer a la que desde lejos y con muchos maleficios le fabricaron una lagartija, y que en una noche bajo su tratamiento, con mucho dolor tuvo que parir como si se tratara de un niño para curarse, nos cuenta la historia del niño al que en un lugar del amazonas le fabricaron una tarántula en el pecho y de cómo él mismo, uno de los curanderos más grandes del sur del continente, tuvo que hacerle la cirugía de extracción con un machete. El maestro invita a Juan a su habitación para descartar cualquier irrupción de hechicería, según me contó el mismo Juan poco después, se trató de un par de golpes en las rodillas y en la mandíbula del paciente que propiciaba con los nudillos de su mano izquierda, después un rezo musitado y nuevo a la sala de estar. La esposa conoce tanto o más y que él sobre pócimas y lo interrumpe de vez en vez mientras este divagaba sobre si los frutos selváticos del té para Juan deberían estar verdes o maduros, por último, y recordando un caso semejante que trataron hace cerca de treinta años, acuerdan que sean verdes. Finalmente el maestro dice que es todo, les dice a las mujeres que se pueden ir y que no le deben nada pero que sean cuidadosas con la pócima, a nosotros nos cobra diez mil y nos dice que siempre que queramos ir somos bienvenidos, que se atreve a curar el cáncer, la soledad, la indigestión, la locura o cualquier otro mal mayor generado por un hechicero, -hechiceros hay bastantes y le hacen mucho mal a la gente, los curanderos somos pocos y nos encargamos de hacer todo tipo de acciones en función de la humanidad, solo hay que tener un poco de fe- nos dice ese espíritu supremo detrás de la facha de campesino fatigado y sudoroso. -Es hora de que se vayan- nos advierte- está por llegar una mujer que viene desde muy lejos buscándome. Nos despedimos después que cancelar la consulta y empezamos a andar de regreso entre carreteras, ríos y caminos, al cabo de media hora de ruta nos cruzamos con una rubia regordeta y brillante que nos preguntó donde quedaba la casa de Miguel, le dimos las instrucciones y seguimos caminando aún conmocionados con el principio vivo de esas realidades paralelas donde alguien se atreve a contradecir a la ciencia y asegura curar cualquier cosa con la sabiduría de la selva y un poco de fe por parte del paciente, donde lo que importa es hacer el bien a la humanidad y en donde los ángeles se visten de campesinos y se encargan de regar la paz desde los más apartados parajes. De este lado del mundo el maestro tiene un adepto más que le hace publicidad en lo virtual y que puede asegurar que vio a Juan curarse después de visitar cientos de médicos para sus cólicos insoportables. -Querido niño Dios, para el próximo diciembre no voy a pedir la barbie que sabe hacer felación, lo único que quiero es un tanto de sosiego y un buen camino para no caer en el paso de algún desaforado que me quiera ver pariendo sapos o que me quiera sacar tarántulas del pecho. Gracias, querido niño Dios-.

Publicado 31 enero, 2010 por jonathanbrausinp en ...de esas pocas personas...